Fiestas, eventos y turismo urbano

Alfredo Ascanio
Economista,PhD
Universidad Simón Bolívar, Venezuela


 
El mundo atraviesa por la edad dorada de los viajes (New Golden Age of travel). El turismo masivo en ciudades comenzó en los primeros meses del año 1950 y en los años siguientes los ciudadanos europeos con renta disponible y los japoneses se suman a los 693 millones de llegadas internacionales para el año de 2001,  que ya conformaba para 1987 un negocio de más de US$ 3.4 trillones de dólares y una venta sólo de pasajes aéreos estimada en 339,6 millones de dólares. Estos valores  en los próximos años se habrán multiplicado. Es una explosión de viajes sin presendentes en la era moderna, pero dominada por los turistas norteamericanos, europeos y asiáticos.
 
 
 
El turismo de eventos y de fiestas urbanas es un segmento o parcela del turismo masivo. Este turismo responde a una estrategia para corregir los problemas de la estacionalidad turística en el mercado de los viajes. 
 
 
 
 
 
 
La actividad del turismo considera el concepto de “fiesta urbana” de una manera amplia; no sólo se trata de peregrinaciones religiosas o de fiestas urbanas de carnavales y actividades similares en las calles, sino cualquier manifestación que se relacione con variados acontecimientos urbanos como congresos, ferias y reuniones, con el objetivo de promover una imagen positiva de una zona urbana en base a conmemoraciones históricas o festividades musicales y de arte en general, siempre que los actores de la fiesta participen directa o indirectamente, pues como señaló Rita Amaral (1998) “la fiesta es, en su stricto sensu,  un acto colectivo y ella supone la presencia de un grupo, más también su participación”, pero también nos dice que existe una Fiesta de Representación donde el espectador no es un ser pasivo, ya que su participación es indirecta.
 
 
 
 
El asunto sí asistir a una fiesta es una actividad considerada como “ocio”, en opinión de Jean Fourastié (1972 ) ello depende si esa visita es o no una necesidad de carácter social y cultural, ya que una fiesta religiosa e incluso el Carnaval de Río, para algunos sociólogos, son eventos que forman parte, en cierto modo, de la vida natural del hombre; son fiestas que se han convertido en una obligación social y necesaria. 
 
 
 
 
Es muy difícil precisar, en determinados casos, si una actividad entra en el terreno de las “necesidades vitales” o del “ocio”. El ocio puro es lo que hombre hace y podría no hacer; aquello que no es necesario ni económica, ni vital, ni culturalmente y ello depende de la personalidad de quien lo disfruta.
 
 
 
 
 
 
Las ciudades mundiales y los eventos
 
En el ámbito mundial las ciudades que han podido consolidar con éxito el turismo de eventos festivos son Viena, Copenhague y Madrid. Estos tres primeros lugares forman parte de al menos 48 ciudades mundiales que le han dado prioridad al turismo de eventos y fiestas urbanas (Alves  y  Neide, 2003:43). Por ejemplo, Río de Janeiro para el año de 1998 ocupaba el 30º en el ranking de la Asociación Internacional de Congresos y Convenciones (ICCA), pero ya para el año de 1999 pasa a ocupar el 12º lugar, un éxito de su programa de marketing para divulgar sus actividades en el exterior (Alves y Neide, op.cit).
 
 
 
 
Hoy existe una elevada concentración de los eventos y fiestas turísticas en ciudades europeas y asiáticas al menos en un 76% según los datos proporcionados por Internacional Meeting Association. Además de las ciudades norteamericanas y europeas también las ciudades de Seúl, Hong Kong, Singapur, Taipei, Tokio, y Beijing son espacios urbanos que le han otorgado gran importancia a los eventos y fiestas urbanas. 
 
 
 
 
Todas estas ciudades saben que la repercusión económica de esta actividad lúdica y turística se traduce en que los visitantes gastan en promedio un 64% en hospedaje y alimentación, el 14,6% en compras y otro 21,4 % en actividades lúdicas diversas. Pero aunque esto tiene que ver con el impacto económico, también es verdad que tanto el ocio como el turismo son una función esencialmente de la cultura, para comunicar, enseñar o aprender. Por otra parte, el ocio y el turismo son libres, se empiezan y se  terminan cuando uno quiere y sólo si se le da un sentido social se le convierte en un deber (Huizinga, 1972). No obstante hay otro factor puramente psíquico, como es la aspiración a la felicidad.
 
 
 
 
 

El equilibrio entre actores y las imágenes urbanas

 
No obstante, también es verdad que toda actividad que cambie en forma a radicar la imagen urbana tiene un límite, como decía Humberto Eco, “cada ciudad como fenómeno cultural  posee componentes que forman un icono o sea una unidad comprensible para cada morador y en su funcionamiento es un artificio significante”. Administrar los actos festivos de una ciudad, representa un desafío para poder conciliar los intereses de los residentes o proveedores de servicios con los intereses de los visitantes o clientes. 
 
 
 
 
El valor histórico y cultural de una fiesta urbana no sólo debe estar sometido a lo impuesto por el negocios turístico, pues su verdadero contenido se relaciona mucho más con la presencia de los residentes que forman parte integral de una ciudad  con sus lazos sociales orgánicos y no mecánicos, donde las diferencias sociales son ignoradas y la comunidad rememora sus gestas y tradiciones. Pero claro, esa festividad es un alto en el camino de la vida real llena de conflictos, donde son necesarias negociaciones de relaciones y de identidades.
 
 
 
La cultura urbana y los eventos
 
La palabra cultura proviene del latín Colere o sea Cultivar y de allí surge Cultus (culto) es decir: cultivo en español, tomado del alemán kultúrele o sea: lo que brota del ser humano. A su vez la identidad cultural es la cultura en un contexto o en un entorno. Así pues el turismo cultural es una modalidad de turismo con el objetivo de conocer otros modos de vida y costumbres y muchas veces atractivos excepcionales.
 
 
 
 
Todavía existe una polémica relativa a las consecuencias de utilizar la cultura urbana como atractivo turístico. Los críticos no están de acuerdo con la mercantilización de la cultura en detrimento de sus características originales y sólo para complacer a los visitantes temporales. Pero el asunto de las tradiciones auténticas y de su puesta en el mercado es un tema muy debatido. Como señaló Julio Aramberri (2001:280),  “el asunto de si las tradiciones pueden venderse al peso es más mundano que teologal y los argumentos en pro y en contra harían mejor debatir oportunidades y amenazas, las cesiones que todas las partes han de hacer y los intereses que hay que equilibrar”. 
 
 
 
 
Otros analistas señalan que la promoción del turismo puede revitalizar los centros urbanos decadentes y que muchas tradiciones pudieran desaparecer si el turismo no  las transforman  en atractivos, para beneficios no sólo de los turistas sino para consolidar la autoestima de los propios residentes. Por ejemplo Donald Getz (2001), al plantear el dilema de la autenticidad señala que los eventos y las fiestas urbanas pueden despertar el interés por la historia local, siempre que lo que se promueva no se vea influenciado por acciones triviales o por influencias externas capaces de minar la autenticidad para elevando la comercialización de los eventos y las fiestas como un “producto turístico”. 
 
 
 
 
 

Vendedor de velas, Bolívia


 
 
 
 
El concepto de autenticidad, en opinión de Getz, es difícil y abierto a muchas interpretaciones (op. cit.:440). Una medida de autenticidad de un evento o de una fiesta urbana se debe al grado de participación y del apoyo que le conceda la propia comunidad anfitriona, pero según Cooper, et al. (2001:343) si el visitante no valora la experiencia festiva como auténtica, entonces la imagen del evento puede resultar falsa para esos actores. Se demuestra entonces que “cuando se dan relaciones turísticas relativamente en pie de igualdad, puede tener lugar una exitosa negociación con respecto a tal experiencia” ( Tucker, 2001:336). 
 
 
 
 
 
Fiestas en las calles:  folclóricas y religiosas
 
El “consumo” de esos espacio recreativos y festivos es más que nada de tipo simbólico atribuido culturalmente a un objeto que son instrumentos que contribuyen a una variedad de satisfacciones individuales. 
 
 
 


Reproduciendo sus hábitos de clase y utilizando el evento festivo como una extensión de su propia personalidad, el visitante procura construir un universo intangible con la fiesta que elige  (Sperandio , 2004:77). De la misma forma, muchas de las llamadas “motivaciones festivas” tienen una base subjetiva por la atmósfera creada en el espacio citadino y debido también a las relaciones que allí se establecen entre los asistentes que quieren divertirse, ver y ser vistos, pero también para crear lazos  y relaciones sociales libremente seleccionadas.

 
 
 


El turismo, junto con el juego y la fiesta, se relacionan con el tiempo libre y se vive como una liberación del trabajo, pero asumiendo conductas según códigos diferentes a los habituales, ya que el turista busca la utopía de lo diferente para probar su propia identidad. En este sentido Ana María Dupey (1998:30). nos señala  que “la actividad turística en su interacción con la fiesta folklórica, puede ocasionar la pérdida de calidad del evento porque lo puede estereotipar y descontextualizar”; pero ello depende de la fiesta o evento como un atractivo indicador de significado y consumo social. La fiesta  o evento como atractivos son formas visuales de consumo que se presentan muy singulares. 

 
 
 


El turismo religioso o místico relacionado con lo espiritual es una modalidad del turismo cultural, en esta circunstancia se convierte en espectáculo la memoria y el conocimiento; pero el reto para la actividad recreativa y turística, consiste en conseguir un modelo de desarrollo del producto festivo que represente un compromiso entre los principios de una correcta autenticidad y los intereses del mercado turístico, tomando en cuenta que la fiesta o el evento no es únicamente una atracción, sino un elemento de la memoria colectiva de los lugares y sociedades que debe ser preservado más allá de su uso turístico. Lo importante es lograr el equilibrio entre lo festivo y la tradición local. Como señala Rita Amaral (op. cit), citando a Isidoro Alves, la fiesta parece demostrar una negociación, “un compromiso entre las manifestaciones más formales […] y otras más informales.”

 
 
 


Todavía existe un buen número de problemas para buscar un equilibrio entre el producto turístico y la preservación de la autenticidad, el papel educativo de la fiesta en el medio urbano y la relación entre la fiesta misma, los turistas y la comunidad local. Una comunidad residente que esté positivamente predispuesta, puede hacer más rica la experiencia de todos los participantes y contribuir con el atractivo del evento. 

 
 
 
 
 

Fiesta de San Isidro Labrador, Chile


 
 


No obstante la experiencia relativa a otras investigaciones sobre los impactos de un evento festivo en la comunidad residente (Fredline y Faukner, 2000:331-332)  determinó que  el primer factor denominado beneficios para la comunidad incluye un mayor orgullo que produce el evento y las oportunidades de ser identificados con el mismo. 

 
 
 


El segundo factor denominado los impactos negativos a corto plazo, se refieren al ruido producido por la excesiva animación de la fiesta , las aglomeraciones, la congestión vial y la disrupción de la vida cotidiana. 

 
 
 


El tercer factor se refiere a los impactos económicos positivos relativos a  la promoción turística del evento y sus beneficios económicos. 

 
 
 


El cuarto factor tiene que ver con los impactos económicos negativos, como el cierre de algunos negocios en la ruta por donde se organiza el evento y los impactos físicos negativos como suciedad y maltrato del mobiliario urbano. 

 
 
 


El quinto factor trata los beneficios de la apariencia de la ruta, tales como los ornatos y las mejoras en algunas instalaciones urbanas.

 
 
 


Cuando se interceptan los impactos positivos con los negativos del evento aparecen actores partidarios de la fiesta o del evento, los hostiles al evento y los realistas, que son ambivalentes en cuanto a los impactos negativos y positivos.

 
 
 


Otro estudio que tratan de las reacciones de los visitantes al contemplar un evento en el medio natural y su espectáculo, señala que los que se solazan con el evento obtienen una experiencia visual y selectiva, pero más bien afectiva y no tanto cognitiva. Es posible, se añade, que esa conducta sea una experiencia más bien hedonista que de aprendizaje (Ryan, Hughes y Chirgwin, 2000). 

 
 
 


En resumen, se admira y se disfruta un evento, pero se comprende y estudia poco, porque el turista asiste al evento por motivos de relajación y rara vez por motivos analíticos, ya que el visitante lo que hace es legitimar su acto de consumo, porque lo libera de la fatiga del trabajo. 

 
 
 


La cultura de los pueblos varía según cambian los propios pueblos y sus gentes y según se modifican sus condiciones de vida y sus expectativas. En general, como Turner y Ash (1991) postularon, el efecto demostración se muestra como la principal arma turística contra el mantenimiento de la autenticidad cultural y la identidad comunitaria.

 
 
 


“En algunos casos de situaciones festivas de carnaval (Santa Cruz de Tenerife) y la romería de San Isidro (La Orotava, Isla de Tenerife), son los poderes públicos los que con fines turísticos “venden” el encuentro como autenticidad cultural. Estas fiestas se han convertido en verdaderos espectáculos que […] tratan de fortalecer la presencia foránea. Con el tiempo se modificaron las pautas tradicionales […] Todo ello choca frontalmente con […] el refuerzo de la identidad de los autóctonos. Pero éste es sólo un encuentro de actor-espectador “ (Santana, 1994: 209).

 
 
 


Este encuentro entre la comunidad que ofrece la fiesta y los turistas es percibido por los residentes de esta manera: “el turista mientras sólo sea un mero espectador no desentona, pero en lo de participar no se enteran”; es decir, se distingue al turista como un testigo sin conocer las costumbres (Santana, op. cit.), o al menos la narrativa de los guías especializados en el turismo de “paquetes”.

Pero esto es diferente del turista al ejercer su rol de peregrino: 
 
 
 
“Los visitantes que practican el turismo religioso son movidos por la fe y la religiosidad. Durante los viajes practican actos de devoción y celebraciones litúrgicas […] y en general son acompañados por sacerdotes y capellanes, los guías del turismo religioso. Además de esta ambientación religiosa, no hay que olvidar que durante los viajes los peregrinos disfrutan, como cualquier otro turista, de un sinfín de posibilidades culturales, ya que la cultura y la religión están unidas inseparablemente.” (Crespo, 1994: 247).
 
 
 
 
Los eventos y las fiestas turísticas son una modalidad de turismo que por lo general aparecen para poder suavizar la curva de la estacionalidad y lo más probable es que sean promovidas en temporada media o baja. Estos eventos y fiestas forman parte del turismo cultural, entendiendo por cultura todo lo que brota del ser humano y el objetivo de asistir a esos eventos es conocer otros modos de vida y costumbres y muchas veces atractivos excepcionales. En estas fiestas turísticas se puede participar directa e indirectamente como si fuese una actividad de ocio siempre que estemos en presencia de una actividad necesariamente social.Para evitar los conflictos entre los actores participantes es necesario conciliar los intereses de los residentes o proveedores de servicios con los intereses de los visitantes o clientes. Se supone entonces una conciliación, o sea: equilibrar los intereses de las partes interesadas. 

 
 
El “consumo” de esos espacio recreativos y festivos es más que nada de tipo simbólico donde el visitante o turista se solaza de la fiesta sin analizarla a profundidad, a menos que el turista cumpla su rol de peregrino especialmente en romerías religiosas.
 
 
 


Los beneficios y costes de estas fiestas y eventos pueden hacer que algunos actores sean partidarios de los mismos o también que sean hostiles y quizá ambivalentes, pero en general como muchos visitante forman parte del turismo de “paquetes”,  no existe la posibilidad de escaparse de esas actividades, previamente programadas por los Tour Operadores, y entonces el rol que predomina es de un simple espectador o testigo que acepta la narrativa del guía especializado.

 
 
 


Webgrafia
 

Amaral, Rita. Festa à Brasileira: sentidos do festejar no país que "não é sério". Tese de Doutoramento em Antropologia Social defendida no Departamento de Antropologia da Faculdade de Filosofia, Letras e Ciências Humanas da Universidade de São Paulo, EbooksBrasil, São Paulo, [1998] 2000 .
 
 
 
Bibliografía
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