El mundo atraviesa por la
edad dorada de los viajes (New Golden Age of travel). El turismo masivo
en ciudades comenzó en los primeros meses del año 1950 y
en los años siguientes los ciudadanos europeos con renta disponible
y los japoneses se suman a los 693 millones de llegadas internacionales
para el año de 2001, que ya conformaba para 1987 un negocio
de más de US$ 3.4 trillones de dólares y una venta sólo
de pasajes aéreos estimada en 339,6 millones de dólares.
Estos valores en los próximos años se habrán
multiplicado. Es una explosión de viajes sin presendentes en la
era moderna, pero dominada por los turistas norteamericanos, europeos y
asiáticos.
El turismo de eventos y de fiestas
urbanas es un segmento o parcela del turismo masivo. Este turismo responde
a una estrategia para corregir los problemas de la estacionalidad turística
en el mercado de los viajes.
La actividad del turismo considera
el concepto de “fiesta urbana” de una manera amplia; no sólo se
trata de peregrinaciones religiosas o de fiestas urbanas de carnavales
y actividades similares en las calles, sino cualquier manifestación
que se relacione con variados acontecimientos urbanos como congresos, ferias
y reuniones, con el objetivo de promover una imagen positiva de una zona
urbana en base a conmemoraciones históricas o festividades musicales
y de arte en general, siempre que los actores de la fiesta participen directa
o indirectamente, pues como señaló Rita Amaral (1998)
“la fiesta es, en su stricto sensu, un acto colectivo y ella supone
la presencia de un grupo, más también su participación”,
pero también nos dice que existe una Fiesta de Representación
donde el espectador no es un ser pasivo, ya que su participación
es indirecta.
El asunto sí asistir
a una fiesta es una actividad considerada como “ocio”, en opinión
de Jean Fourastié (1972 ) ello depende
si esa visita es o no una necesidad de carácter social y cultural,
ya que una fiesta religiosa e incluso el Carnaval de Río, para algunos
sociólogos, son eventos que forman parte, en cierto modo, de la
vida natural del hombre; son fiestas que se han convertido en una obligación
social y necesaria.
Es muy difícil precisar,
en determinados casos, si una actividad entra en el terreno de las “necesidades
vitales” o del “ocio”. El ocio puro es lo que hombre hace y podría
no hacer; aquello que no es necesario ni económica, ni vital, ni
culturalmente y ello depende de la personalidad de quien lo disfruta.
Las
ciudades mundiales y los eventos
En el ámbito mundial
las ciudades que han podido consolidar con éxito el turismo de eventos
festivos son Viena, Copenhague y Madrid. Estos tres primeros lugares forman
parte de al menos 48 ciudades mundiales que le han dado prioridad al turismo
de eventos y fiestas urbanas (Alves y Neide, 2003:43).
Por ejemplo, Río de Janeiro para el año de 1998 ocupaba el
30º en el ranking de la Asociación Internacional de Congresos
y Convenciones (ICCA), pero ya para el año de 1999 pasa a ocupar
el 12º lugar, un éxito de su programa de marketing para divulgar
sus actividades en el exterior (Alves y Neide, op.cit).
Hoy existe una elevada concentración
de los eventos y fiestas turísticas en ciudades europeas y asiáticas
al menos en un 76% según los datos proporcionados por Internacional
Meeting Association. Además de las ciudades norteamericanas y europeas
también las ciudades de Seúl, Hong Kong, Singapur, Taipei,
Tokio, y Beijing son espacios urbanos que le han otorgado gran importancia
a los eventos y fiestas urbanas.
Todas estas ciudades saben que
la repercusión económica de esta actividad lúdica
y turística se traduce en que los visitantes gastan en promedio
un 64% en hospedaje y alimentación, el 14,6% en compras y otro 21,4
% en actividades lúdicas diversas. Pero aunque esto tiene que ver
con el impacto económico, también es verdad que tanto el
ocio como el turismo son una función esencialmente de la cultura,
para comunicar, enseñar o aprender. Por otra parte, el ocio y el
turismo son libres, se empiezan y se terminan cuando uno quiere y
sólo si se le da un sentido social se le convierte en un deber (Huizinga,
1972).
No obstante hay otro factor puramente psíquico, como es la aspiración
a la felicidad.
El equilibrio entre actores
y las imágenes urbanas
No obstante, también
es verdad que toda actividad que cambie en forma a radicar la imagen urbana
tiene un límite, como decía Humberto Eco, “cada ciudad
como fenómeno cultural posee componentes que forman un icono
o sea una unidad comprensible para cada morador y en su funcionamiento
es un artificio significante”. Administrar los actos festivos de una
ciudad, representa un desafío para poder conciliar los intereses
de los residentes o proveedores de servicios con los intereses de los visitantes
o clientes.
El valor histórico y
cultural de una fiesta urbana no sólo debe estar sometido a lo impuesto
por el negocios turístico, pues su verdadero contenido se relaciona
mucho más con la presencia de los residentes que forman parte integral
de una ciudad con sus lazos sociales orgánicos y no mecánicos,
donde las diferencias sociales son ignoradas y la comunidad rememora sus
gestas y tradiciones. Pero claro, esa festividad es un alto en el camino
de la vida real llena de conflictos, donde son necesarias negociaciones
de relaciones y de identidades.
La
cultura urbana y los eventos
La palabra cultura proviene
del latín Colere o sea Cultivar y de allí surge Cultus (culto)
es decir: cultivo en español, tomado del alemán kultúrele
o sea: lo que brota del ser humano. A su vez la identidad cultural es la
cultura en un contexto o en un entorno. Así pues el turismo cultural
es una modalidad de turismo con el objetivo de conocer otros modos de vida
y costumbres y muchas veces atractivos excepcionales.
Todavía existe una polémica
relativa a las consecuencias de utilizar la cultura urbana como atractivo
turístico. Los críticos no están de acuerdo con la
mercantilización de la cultura en detrimento de sus características
originales y sólo para complacer a los visitantes temporales. Pero
el asunto de las tradiciones auténticas y de su puesta en el mercado
es un tema muy debatido. Como señaló Julio Aramberri (2001:280),
“el asunto de si las tradiciones pueden venderse al peso es más
mundano que teologal y los argumentos en pro y en contra harían
mejor debatir oportunidades y amenazas, las cesiones que todas las partes
han de hacer y los intereses que hay que equilibrar”.
Otros analistas señalan
que la promoción del turismo puede revitalizar los centros urbanos
decadentes y que muchas tradiciones pudieran desaparecer si el turismo
no las transforman en atractivos, para beneficios no sólo
de los turistas sino para consolidar la autoestima de los propios residentes.
Por ejemplo Donald Getz (2001), al plantear el dilema
de la autenticidad señala que los eventos y las fiestas urbanas
pueden despertar el interés por la historia local, siempre que lo
que se promueva no se vea influenciado por acciones triviales o por influencias
externas capaces de minar la autenticidad para elevando la comercialización
de los eventos y las fiestas como un “producto turístico”.
Vendedor de velas, Bolívia
El concepto de autenticidad,
en opinión de Getz, es difícil y abierto a muchas interpretaciones
(op. cit.:440). Una medida de autenticidad de un evento
o de una fiesta urbana se debe al grado de participación y del apoyo
que le conceda la propia comunidad anfitriona, pero según Cooper,
et al. (2001:343) si el visitante no valora la experiencia
festiva como auténtica, entonces la imagen del evento puede resultar
falsa para esos actores. Se demuestra entonces que “cuando se dan relaciones
turísticas relativamente en pie de igualdad, puede tener lugar una
exitosa negociación con respecto a tal experiencia” ( Tucker,
2001:336).
Fiestas
en las calles: folclóricas y religiosas
El “consumo” de esos espacio
recreativos y festivos es más que nada de tipo simbólico
atribuido culturalmente a un objeto que son instrumentos que contribuyen
a una variedad de satisfacciones individuales.
Reproduciendo sus hábitos
de clase y utilizando el evento festivo como una extensión de su
propia personalidad, el visitante procura construir un universo intangible
con la fiesta que elige (Sperandio , 2004:77).
De la misma forma, muchas de las llamadas “motivaciones festivas” tienen
una base subjetiva por la atmósfera creada en el espacio citadino
y debido también a las relaciones que allí se establecen
entre los asistentes que quieren divertirse, ver y ser vistos, pero también
para crear lazos y relaciones sociales libremente seleccionadas.
El turismo, junto con
el juego y la fiesta, se relacionan con el tiempo libre y se vive como
una liberación del trabajo, pero asumiendo conductas según
códigos diferentes a los habituales, ya que el turista busca la
utopía de lo diferente para probar su propia identidad. En este
sentido Ana María Dupey (1998:30). nos señala
que “la actividad turística en su interacción con la fiesta
folklórica, puede ocasionar la pérdida de calidad del evento
porque lo puede estereotipar y descontextualizar”; pero ello depende de
la fiesta o evento como un atractivo indicador de significado y consumo
social. La fiesta o evento como atractivos son formas visuales de
consumo que se presentan muy singulares.
El turismo religioso
o místico relacionado con lo espiritual es una modalidad del turismo
cultural, en esta circunstancia se convierte en espectáculo la memoria
y el conocimiento; pero el reto para la actividad recreativa y turística,
consiste en conseguir un modelo de desarrollo del producto festivo que
represente un compromiso entre los principios de una correcta autenticidad
y los intereses del mercado turístico, tomando en cuenta que la
fiesta o el evento no es únicamente una atracción, sino un
elemento de la memoria colectiva de los lugares y sociedades que debe ser
preservado más allá de su uso turístico. Lo importante
es lograr el equilibrio entre lo festivo y la tradición local. Como
señala Rita Amaral (op. cit), citando a Isidoro
Alves, la fiesta parece demostrar una negociación, “un compromiso
entre las manifestaciones más formales […] y otras más informales.”
Todavía existe
un buen número de problemas para buscar un equilibrio entre el producto
turístico y la preservación de la autenticidad, el papel
educativo de la fiesta en el medio urbano y la relación entre la
fiesta misma, los turistas y la comunidad local. Una comunidad residente
que esté positivamente predispuesta, puede hacer más rica
la experiencia de todos los participantes y contribuir con el atractivo
del evento.
Fiesta de San Isidro Labrador,
Chile
No obstante la experiencia
relativa a otras investigaciones sobre los impactos de un evento festivo
en la comunidad residente (Fredline y Faukner, 2000:331-332)
determinó que el primer factor denominado beneficios para
la comunidad incluye un mayor orgullo que produce el evento y las oportunidades
de ser identificados con el mismo.
El segundo factor denominado
los impactos negativos a corto plazo, se refieren al ruido producido por
la excesiva animación de la fiesta , las aglomeraciones, la congestión
vial
y la disrupción de la vida cotidiana.
El tercer factor se refiere
a los impactos económicos positivos relativos a la promoción
turística del evento y sus beneficios económicos.
El cuarto factor tiene
que ver con los impactos económicos negativos, como el cierre de
algunos negocios en la ruta por donde se organiza el evento y los impactos
físicos negativos como suciedad y maltrato del mobiliario urbano.
El quinto factor trata
los beneficios de la apariencia de la ruta, tales como los ornatos y las
mejoras en algunas instalaciones urbanas.
Cuando se interceptan
los impactos positivos con los negativos del evento aparecen actores partidarios
de la fiesta o del evento, los hostiles al evento y los realistas, que
son ambivalentes en cuanto a los impactos negativos y positivos.
Otro estudio que tratan
de las reacciones de los visitantes al contemplar un evento en el medio
natural y su espectáculo, señala que los que se solazan con
el evento obtienen una experiencia visual y selectiva, pero más
bien afectiva y no tanto cognitiva. Es posible, se añade, que esa
conducta sea una experiencia más bien hedonista que de aprendizaje
(Ryan, Hughes y Chirgwin, 2000).
En resumen, se admira
y se disfruta un evento, pero se comprende y estudia poco, porque el turista
asiste al evento por motivos de relajación y rara vez por motivos
analíticos, ya que el visitante lo que hace es legitimar su acto
de consumo, porque lo libera de la fatiga del trabajo.
La cultura de los pueblos
varía según cambian los propios pueblos y sus gentes y según
se modifican sus condiciones de vida y sus expectativas. En general, como
Turner y Ash (1991) postularon, el efecto demostración
se muestra como la principal arma turística contra el mantenimiento
de la autenticidad cultural y la identidad comunitaria.
“En algunos casos de
situaciones festivas de carnaval (Santa Cruz de Tenerife) y la romería
de San Isidro (La Orotava, Isla de Tenerife), son los poderes públicos
los que con fines turísticos “venden” el encuentro como autenticidad
cultural. Estas fiestas se han convertido en verdaderos espectáculos
que […] tratan de fortalecer la presencia foránea. Con el tiempo
se modificaron las pautas tradicionales […] Todo ello choca frontalmente
con […] el refuerzo de la identidad de los autóctonos. Pero éste
es sólo un encuentro de actor-espectador “ (Santana,
1994: 209).
Este encuentro entre
la comunidad que ofrece la fiesta y los turistas es percibido por los residentes
de esta manera: “el turista mientras sólo sea un mero espectador
no desentona, pero en lo de participar no se enteran”; es decir, se distingue
al turista como un testigo sin conocer las costumbres (Santana,
op. cit.), o al menos la narrativa de los guías especializados
en el turismo de “paquetes”.
Pero esto es diferente del turista
al ejercer su rol de peregrino:
“Los visitantes
que practican el turismo religioso son movidos por la fe y la religiosidad.
Durante los viajes practican actos de devoción y celebraciones litúrgicas
[…] y en general son acompañados por sacerdotes y capellanes, los
guías del turismo religioso. Además de esta ambientación
religiosa, no hay que olvidar que durante los viajes los peregrinos disfrutan,
como cualquier otro turista, de un sinfín de posibilidades culturales,
ya que la cultura y la religión están unidas inseparablemente.”
(Crespo, 1994: 247).
Los eventos y las fiestas turísticas
son una modalidad de turismo que por lo general aparecen para poder suavizar
la curva de la estacionalidad y lo más probable es que sean promovidas
en temporada media o baja. Estos eventos y fiestas forman parte del turismo
cultural, entendiendo por cultura todo lo que brota del ser humano y el
objetivo de asistir a esos eventos es conocer otros modos de vida y costumbres
y muchas veces atractivos excepcionales. En estas fiestas turísticas
se puede participar directa e indirectamente como si fuese una actividad
de ocio siempre que estemos en presencia de una actividad necesariamente
social.Para evitar los conflictos entre los actores participantes es necesario
conciliar los intereses de los residentes o proveedores de servicios con
los intereses de los visitantes o clientes. Se supone entonces una conciliación,
o sea: equilibrar los intereses de las partes interesadas.
El
“consumo” de esos espacio recreativos y festivos es más que nada
de tipo simbólico donde el visitante o turista se solaza de la fiesta
sin analizarla a profundidad, a menos que el turista cumpla su rol de peregrino
especialmente en romerías religiosas.
Los beneficios y costes
de estas fiestas y eventos pueden hacer que algunos actores sean partidarios
de los mismos o también que sean hostiles y quizá ambivalentes,
pero en general como muchos visitante forman parte del turismo de “paquetes”,
no existe la posibilidad de escaparse de esas actividades, previamente
programadas por los Tour Operadores, y entonces el rol que predomina es
de un simple espectador o testigo que acepta la narrativa del guía
especializado.
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