La Ética desde una perspectiva antropológica

Fernando Silva Santisteban
Antropólogo, historiador
Museo Nacional de Historia  e presidente de la Comisión Interamericana de Cultura de la OEA



 
 

Nos referimos a la ética no como a la disciplina de especulación 
filosófica, sino como a la forma y cualidad del comportamiento 
humano en función de los principios básicos de la evolución. Y, desde 
esta perspectiva, señalamos como funciones fundamentales de las 
formas de conducta social que se adscriben a la ética: 1) La conservación 
de la especie humana y del medio ambiente; 2) el equilibrio en 
la interacción social a través de los valores y 3) el desarrollo de la cultura
 
 

Como bien sabemos, en todas las sociedades hay acciones que son consideradas por sus miembros unas como buenas, necesarias y deseables y otras como malas, innecesarias y repudiables. Acciones que deben concebirse conforme el llamado sentido común y otras que no deben hacerse de ninguna manera; actos que son apreciados, admirados, premiados o elogiados y otros que son prohibidos y castigados; deberes que cumplir y derechos que exigen cumplimiento. En fin, un sinnúmero de formas de comportamiento que se consideran esenciales, necesarias, ventajosas; otras perniciosas, nefastas o simplemente intrascendentes para la sociedad. Los juicios con que se aprueba o desaprueba estas formas de conducta social están referidos a pautas modales que orientan la vida social y que se han denominado valores, de los cuales unos son genéricos y tienen carácter universal, en tanto que otros son relativos y propios de cada cultura.


 
 

Esto presupone dos cuestiones fundamentales: una que la conducta social debe ser predecible, porque los miembros de la sociedad se influyen mutuamente y si cada cual actuara por las múltiples vías en las que discurre la conducta todo sería un caos y la otra que la interacción social sólo es posible dentro de un orden limitado. De esta manera la selección de los patrones de comportamiento debe hacerse dentro de ciertos postulados básicos de la cultura que son los llamados valores.
 
 
 

Patrones y valores culturales
 

Los valores no son cosas, son estados mentales. La cultura humana está conformada por determinadas unidades o modelos de comportamiento que son como los puntos que unen las cuerdas de una red y que de manera general se han denominado patrones culturales, en el sentido en que en toda cultura se dan ciertas pautas modales de acuerdo con las cuales la sociedad espera que sus miembros conformen sus actitudes. Estos patrones se manifiestan y exteriorizan en la organización social y en las maneras de vivir.
 
 

Lo que podríamos entender como la disposición general de los patrones culturales —digamos la trama de la cultura— está orientada por un sistema básico de patrones referenciales que le da sentido a la vida en sociedad, es el sistema de valores. De allí la denominación de sistema axial (del griego axios: que vale, que merece) a este sistema que es el eje de la vida social. Así, desde el punto de vista antropológico, los valores vienen a ser referentes para orientar el sentido de las acciones hacia la integridad del grupo y la coherencia de la sociedad, aunque frecuentemente puedan ser falseados o distorsionados por ideologías, exaltaciones o por intereses económicos y políticos. Los seres humanos sienten algo como valioso porque necesitan determinados bienes o condiciones para convivir y sobrevivir. 
 
 

 
Como escribe John Beattie: 

 
La idea del valor es una idea positiva; los valores aportan incentivos para la acción; lo que las personas valoran es lo que desean (...) para ser más precisos, debemos decir que lo que interesa a los antropólogos  son las valoraciones más que los valores ... (Beattie, 1972:102) 
 
El sistema de valores determina todo el panorama mental de una cultura y en toda cultura existe una jerarquía de valores que la identifica y diferencia de las demás. Muchos o algunos de sus valores pueden ser semejantes a los de otra u otras culturas, lo que la diferencia es la preeminencia de determinados valores, pero basta que unos subordinen a otros para que resulten considerables diferencias en las concepciones  del mundo y de la realidad.
 
 

Los valores, como las necesidades que los originan, pueden separarse en dos órdenes: fisiológicos (materiales) y culturales (sociales). Las necesidades básicas, al tornarse conscientes se convierten en juicios sobre el objeto que las satisface, es decir se vuelven instrumentos de valoración para el organismo que los reclama como necesarios. Los valores culturales son derivados de la organización y plasmados por la sociedad y, al ser originados por la circunstancia social, no son homogéneos ni iguales para todos los hombres, ni para todas las culturas. Aquí radica la diferencia en entre los órdenes ético y moral, como veremos más adelante. 


 
 
Los valores están siempre relacionados con la supervivencia y la integridad de un determinado grupo social, es decir lo que en algunas sociedades es un valor positivo en otras puede no serlo o de hecho no lo es. Incluso en las mismas sociedades un acto que en circunstancias normales es un delito en otras no lo es y hasta se convierte en mérito; en nuestra propia civilización matar a una persona constituye homicidio, delito grave, castigado en todas las sociedades —aunque el hecho puede tener diversos  atenuantes según los casos— pero en tiempo de guerra matar y aniquilar al enemigo constituye acto de coraje, estimulado y reconocido. Esto nos está demostrando como todo valor está directamente relacionado con la integridad y defensa del grupo social. 
 
 
Así, pues, se puede definir con validez un criterio antropológico para estimar la correspondencia de los valores y es la medida en que un acto, un tipo de comportamiento o una institución mantienen o contribuyen a la integridad y cohesión del grupo. En cuanto a los patrones y valores culturales se establece que:

 
- El ethos de una cultura, esto es su modo de vida distintivo, no radica en la suma o enumeración de sus rasgos culturales sino en la manera como estos se relacionan.
- Los patrones y valores trasladados de una cultura fuera de su contexto estructural resultan no sólo absurdos sino hasta desquiciados.
- El sistema de valores no sólo confiere estabilidad a una sociedad determinada  sino que le da sentido intelectual y emocional a las formas de la vida social.
- El sistema de valores es instrumento de regulación mecánica de la sociedad porque proporciona la seguridad de que el comportamiento se realiza de conformidad con lo que espera la sociedad de cada individuo.
-  Los valores cambian más lentamente que otros aspectos de la cultura porque con ellos se configuran las estructuras sociales. Pero si bien actúan como freno para los cambios peligrosos también retardan los procesos de cambio, haciendo que la sociedad asimile muchas innovaciones sin que se altere su estructura básica. Por esta razón constituyen también las barreras más poderosas frente al cambio dirigido, cuando este pretende ser estructural. De tal manera, pues, que no puede pensarse en un cambio revolucionario manteniendo el mismo sistema de valores.
 
 

Ahora bien, los valores son elementos principales de la cultura y la cultura es esencialmente información transmitida, pero es trasmitida a través de dos vías: una directa, de cerebro a cerebro a través del lenguaje, la otra a través de los genes y de la evolución. La información transmitida a través del lenguaje es precisa, objetiva, acumulable e inmediata; pero es la información genéticamente transmitida la que acondiciona al hombre a su especiación, esto es a su naturaleza social y cultural. Como escriben Lumsden y Wilson: 


 
 

La conducta no está explicitada en los genes ( ...) pero los genes prescriben una serie de procesos biológicos que llamamos reglas epigenéticas, las cuales dirigen el caudal de la mente ... los genes están ligados a la cultura de una manera profunda y sutil. (Lumsden y Wilson, 1981:2) 
 
 
 
 
 

Biología y cultura

 
Como observa Theodosius Dobzhansky (1956:28), la aparición de la cultura significó el comienzo de un nuevo tipo de desarrollo evolutivo que hasta entonces no existía: la evolución humana propiamente dicha. Así, la cultura es biobásica, es decir está enraizada en las funciones biológicas de nuestra especie, de allí que se pueda llamar infracultura a las formas de comportamiento animal que precedieron a la aparición de la cultura en el hombre (Dobzhanski, 1956, 1974 y 1979). 

 
 
En este mismo sentido piensan Eduard Hall y George Trager, que remontándose a la infracultura se puede demostrar que las complejas bases biológicas sobre las que se fundamenta la cultura humana se establecieron en diferentes etapas de la historia de la evolución y que las bases infraculturales conducían a tipos de actividades diferentes. Como la cultura se aprende es evidente que puede enseñarse, de esta manera el progreso de la enseñanza —sobre todo con el desarrollo del lenguaje— ha seguido pasos que permiten establecer criterios para determinar cómo se constituyeron los diferentes sistemas culturales y cómo es que para establecerse tuvieron que estar enraizados en una actividad biológica ampliamente compartida con otras formas avanzadas de vida, siendo esencial que no se produzcan  rupturas con el pasado. Es así como se entiende claramente que la interacción se basa en la irritabilidad fundamental de toda sustancia viva. “Actuar en reciprocidad con el ambiente es estar vivo y no hacerlo significa morir” (Hall, 1989:50-51).
 
 
 

No fue precisamente en el campo de la antropología donde se produjo el renacimiento del interés por la evolución cultural del hombre, sino en los campos de la biología, donde algunos investigadores se dieron cuenta de la importancia potencial del mecanismo socio genético que permite al hombre trasmitir información a través de las generaciones. Fue Julián Huxley quien  en 1929 empezó a llamar la atención sobre este nuevo horizonte (Huxley, 1947:185). Le siguieron otros biólogos como Waddington, Sinnott y Needham, entre los más destacados. 


 
 
No queda duda, entonces, de que los genes aseguran que una cultura sea adquirida, aunque no directamente transmitida, así como del hecho de que al modificarse la cultura por el ambiente se inducen también modificaciones en los genes. Como explica Dobzhansky, la herencia biológica que se lleva en los genes es transmitida de padres a hijos en línea directa, en tanto que la herencia cultural se transmite por la enseñanza-aprendizaje o por imitación y es independiente de la descendencia. Una cosa es clara: los cambios histórico-culturales son mucho más rápidos que los genéticos, como el hecho de que las diferencias entre padres e hijos son más culturales que las genéticas. Pero, como quiera que se explique existe una necesaria interrelación entre ambas herencias. 

 

Richard Dawkins publicó en 1976 El gen egoísta, libro en el que formula su tesis sobre la existencia de los memes, un nuevo tipo de unidades de transmisión cultural o entidades auto-replicativas que se propagan de cerebro a cerebro mediante el proceso de imitación, “proliferando y darwinizándose en el río de cultura”. 
 
 
 

En suma, como escribe Carlos París, la cultura viene a ser un proceso que culmina en la realidad humana y el análisis de la evolución biológica nos permite comprender el concepto de cultura como desarrollo y desembocadura de la vida en la condición humana. (Paris, 1994) 

 

Ética  y filosofía
 
 

Los filósofos han intentado explicar la naturaleza de la ética de acuerdo con algunos principios fundamentales, unos porque consideran determinados tipos de conducta como buenos en sí mismos y otros porque se adaptan a modelos concretos de ideología.  Es decir,  por un lado se ha pensado que hay principios que implican un valor final (summun bonum) deseable per se —más allá de los medios para alcanzar un fin— y por otro lado porque estos principios son derivados de un orden establecido. Así, en la historia de la ética como disciplina filosófica se advierten tres tipos de fuentes principales de las que dimana la índole de la conducta humana: 1) La autoridad divina, 2) la Naturaleza y 3) la razón. Con sinnúmero de planteamientos, en algunos de los cuales se conjugan estas fuentes. 
 
 
 

La ética platónica está basada en el supuesto de que existe un principio universal para todas las formas e insiste por sobre todo en la unidad o armonía. El principio supremo es el Bien, idéntico a la Verdad; el mal no existe en sí mismo sino como reflejo imperfecto de lo real, y la contemplación del Bien —sólo posible mediante el conocimiento— constituye el fin más elevado de la mente. La virtud, que también depende del conocimiento, consiste en la regulación de los impulsos, de acuerdo con las normas eternas y es la base de toda acción humana. En sus Diálogos, escritos en primera mitad del siglo IV a.C., Platón mantiene que la virtud descansa en la aptitud del hombre para llevar a cabo su razón de ser en el mundo.

 
 
 
Para Aristóteles (Etica a Nicomaco) el hombre es el único ser del universo que desarrolla de un modo racional la expresión del orden mediante el conocimiento en el terreno de la racionalidad teórica, captando de forma abstracta y conceptual la verdadera naturaleza de las cosas. Y es mediante la conducta moral, en el terreno de la racionalidad práctica, que se desarrollan las potencialidades del alma con las que se desea el bien. La vida propiamente humana es la vida ética y  consiste en el cultivo de las virtudes. Es en la actividad real (praxis), conforme a la virtud más excelente, es que se desarrolla en el hombre la idea del bien. También en ello consiste la felicidad y por esto es que tanto la ética cuanto la política son la realización del fin (telos) de la naturaleza humana. Para Aristóteles las virtudes morales e intelectuales son medios destinados a la consecución de la felicidad, que es resultado de la realización plena del potencial humano.
 
 
 
El cristianismo marcó una revolución en la ética al introducir una concepción religiosa de lo bueno en el pensamiento occidental. Según el pensamiento cristiano una persona es por entero dependiente de Dios y no puede alcanzar la bondad por medio de la voluntad o la inteligencia sino tan solo con la ayuda de la gracia divina. La primera idea ética cristiana descansa en la regla de oro: “... todas las cosas que queráis que los hombres hagan con vosotros, así también haced vosotros con ellos; porque esto es la ley de los profetas”. (Mateo: 7,12). 

 
 

Con el Renacimiento se produjo el tránsito de una cosmovisión dominada por la religión a otra dominada por la razón. Fue la orientación del humanismo que reabrió todas las cuestiones que antes parecían zanjadas por la fe y la revelación. El hombre pasó a ocupar el centro de los patrones del conocimiento y tanto en la filosofía de la moralidad cuanto en la política de la segunda mitad del milenio los deberes dieron paso a los derechos y la autoridad dio paso a la razón (Harré, 2001:319). 
 
 
 

Es quizá en la obra de Baruch Spinoza donde mejor se refleja la transformación de la Escolástica en un nuevo racionalismo naturalista.
 
 
 

“La mayoría de los que escriben sobre las emociones y sobre la conducta humana parecen estar tratando de materias externas a la naturaleza y no de fenómenos naturales que siguen las leyes de la naturaleza”. 
 
 

Spinoza introduce una tesis crucial para resolver la cuestión de la relación entre la mente y el cuerpo al sostener que el orden y la conexión de las ideas son los mismos que el orden y la conexión de las cosas y ello es consecuencia de que ambos, mente y cuerpo, son partes de la misma realidad que Spinoza llama “Dios”. Este filósofo insiste en que hay una armonía y un único “despliegue” que se manifiesta en los dos modos: pensamiento (mente) y extensión (materia). 


 
 
Según Spinoza es la razón humana el criterio para una conducta recta y en su obra más importante, Etica demostrada según el orden geométrico (1677), afirmaba que la ética se deduce de la psicología y la metafísica. Sostiene así mismo que todas las cosas son neutras en el orden moral desde el punto de vista de la eternidad. Sólo las necesidades y los intereses  humanos determinan lo que se considera bueno o malo. Todo lo que contribuye al conocimiento de la naturaleza del ser humano o se halla en consonancia con la razón humana está prefigurado como bueno. Por ello cabe suponer que todo lo que la gente  tiene en común es lo mejor para cada uno, de allí que lo bueno que la gente busca para los demás es lo bueno que desea para si misma.

 
 
 
Las ideas éticas de Emmanuel Kant tal como lo manifiesta en su Crítica a la razón práctica (1788) son resultado lógico de su creencia en la libertad del individuo. Kant considera esta libertad no como el hecho de no someterse a las leyes, como en la anarquía, sino como la libertad del control de sí mismo, la libertad para obedecer conscientemente las leyes del Universo tal y como son reveladas por la razón. En la Metafísica de las costumbres (1797) describe su sistema ético basado en la idea de que la razón es la autoridad última de la moral. Afirmaba que los actos de cualquier clase han de ser emprendidos desde el sentido del deber que dicte la razón y que ningún acto realizado por conveniencia o sólo por obediencia a la ley o a la  costumbre puede considerarse como moral. Describió dos tipos de órdenes dadas por la razón: el imperativo hipotético, que dispone un curso de acción para lograr un fin específico y el imperativo categórico que dicta una trayectoria de actuación que debe ser seguida por su exactitud y necesidad. El imperativo categórico es la base de la moral y fue resumido por Kant en las siguientes sentencias: 
 
 

Obra sólo según una máxima tal que puedas querer al mismo tiempo que se torne ley universal.

Obra del modo que uses la humanidad, tanto en tu persona como en la persona de cualquier otro, siempre como un fin al mismo tiempo y nunca solamente como un medio. (Metáfísica de las costumbres). 
 
 

La ética en la postmodernidad


 

Me parece que en ética, al igual que en todas las demás ramas filosóficas, las dificultades y desacuerdos, de lo que su historia está llena, se deben principalmente a una causa muy simple, a saber: al intento de responder a preguntas sin descubrir primero cuál es la pregunta que deseamos responder: Geoge E. More  .
 
 

Como un corte en la historia de la filosofía, Ludwig Wittgenstein rompe con todas las concepciones tradicionales al afirmar que no está convencido que en el mundo haya valores y agrega “aunque los hubiera no tendrían valor alguno”, de donde para él deviene la imposibilidad de las proposiciones éticas, puesto que “tales proposiciones —señala— no pueden expresar nada que pertenezca a un ámbito superior”. Y su dictamen no puede ser más concluyente: “Está claro que la ética es inexplicable” (En: Cruz, 2002:58). 
 
 
 

Partiendo del hecho que la evolución de la cultura significó el comienzo de un nuevo tipo de desarrollo evolutivo, sostiene Jaques Monod que la ética es producto de la evolución y señala que durante este nuevo proceso evolutivo las sociedades humanas necesitaron de un código de comportamiento moral para prever las consecuencias de sus propias acciones y que la mayor adecuación y valoración del lenguaje humano posibilitó una mayor interrelación social y que ésta, para evitar la segregación de los grupos sociales o el rechazo de los individuos, promovió el surgimiento de la ética. 

 

Así, la ética se presenta cuando se ha sobrepasado cierto nivel evolutivo y se deriva de una capacidad intelectual avanzada. La evolución y valoración de los fundamentos de la ética ha llevado en los tiempos actuales a que un importante número de científicos critiquen la doble moral de las sociedades actuales que promueven en público valores y prácticas animistas con principios establecidos sin bases objetivas, en tanto que el progreso material del que disfrutan está basado precisamente en lo contrario. Plantea Monod una nueva ética basada en la ciencia y no en principios animistas, una ética que tenga sus raíces en los principios de la evolución orgánica, que promueva principios más avanzados y favorezca tendencias evolutivas que mejoren la preservación de los genes (Monod, 1971:IX) 

 
 
Con el sugestivo título ¿En qué creen los que no creen? se publicó en 1997 un pequeño libro en italiano, que contiene ocho cartas cursadas entre Umberto Eco y el cardenal Carlo María Martini, arzobispo de Milán, a través de las cuales los esclarecidos intelectuales intercambian reflexiones acerca de importantes temas y problemas de la filosofía contemporánea. En las dos últimas cartas se refieren específicamente al problema de la ética y en su carta “¿Dónde encuentra el laico la luz del bien?” el cardenal Martini plantea la pregunta fundamental: ¿Cómo se puede llegar a decir, prescindiendo de la referencia a un absoluto, que ciertas acciones no se puedan hacer de modo alguno y que otras deben hacerse de todas maneras cueste lo que cueste?

 
 
Está claro que para el cardenal Martini, como para todo creyente, la cuestión no embarga problema, ya que cualquier fundamento que no se remita al Ser Supremo, por humanista que fuere, resulta siempre insuficiente.  No se puede negar —dice  el cardenal— que una ética “laica” pueda hallar también y de hecho reconoce normas y valores válidos para la convivencia humana, pero para que los cimientos de estos valores no sean entendidos simplemente como costumbres, formas de comportamiento funcional o mera necesidad social, sino que asuman el carácter de un “verdadero y propio absoluto moral” es necesario que no dependan de  principio mutable o negociable alguno. 

 
 
Para Eco, en su carta de respuesta que lleva como epígrafe “Cuando los demás entran en escena nace la ética”, la universalidad de la ética cobra sentido cuando se reconoce la existencia de universales semánticos, esto es, de nociones elementales comunes a la especie humana que de algún modo son expresadas en todas las lenguas. Estas nociones, que existen más allá de las simples percepciones del espacio y del tiempo, son las nociones comunes de bien y de mal, de bienestar y de temor, de amor a los hijos, de dolor cuando se pierde a una persona amada, de los sentidos de familia, de supervivencia y de grupo, etc. Esta semántica —dice Eco— se convierte en base de la ética.

 
 
Eugenio Scalfari, periodista y crítico italiano uno de los comentaristas de este epistolario intenso, a la pregunta primordial de ¿Cuál es entonces el fundamento de la moral en que todos, creyentes y no creyentes, podemos reconocernos? sostiene que este fundamento reside en la pertenencia biológica de los hombres a una especie y manifiesta:
 
 
 ... en la persona se enfrentan y conviven dos instintos esenciales, el de la supervivencia del individuo y el de la supervivencia de la especie. El primero da lugar al egoísmo necesario y positivo, siempre que no pase de ciertos limites a partir de los cuales se vuelve devastador para la sociedad; el segundo da lugar al sentimiento de la moralidad, es decir, a la necesidad de hacerse cargo del sufrimiento ajeno y del bien común  “... es el instinto biológico que se halla en la base del  comportamiento moral ... y del común código genético que está inscrito en cada uno de nosotros (Escalfari:1996:125).
Tanto los universales semánticos a los que se refiere Eco, cuanto el instinto inscrito en nuestro código genético son factores innegables en el comportamiento ético. Es cierto también, como concluye en la recapitulación monseñor Martini, que todas las respuestas identifican en la ética a un elemento propio del hombre, algo gracias a lo cual el hombre es lo que es. Pero quedan otros interrogantes: ¿Por qué existen universales en la cultura? lo mismo que ¿a qué se debe esta función del instinto?
 
 
 
 
 
Ética y moral
 

Como ya se habrá dado cuenta el lector, hemos usado el término ética para referirnos a los principios genéricos y universales de la conducta humana y la palabra moral para referirnos al conjunto de normas de comportamiento específico que rigen en cada cultura. Es así como, desde el punto de vista antropológico se comprende mejor la distinción que estamos proponiendo entre ética y moral.  Del mismo modo entendemos por principios éticos las ideas básicas que rigen la conducta humana y por normas morales los patrones culturales que se refieren a las formas de comportamiento en función de las costumbres y valores específicos de cada cultura. De allí también la distinción entre principios y normas y entre conducta y comportamiento. Aquí podemos esclarecer también la diferencia entre la ética, que algunos han denominado “moral absoluta” y la  denominada “moral situacional”. Un principio ético es aquel que debe aplicarse en todos los tiempos y en todos los lugares, como por ejemplo la honradez, la lealtad, el honor. En tanto que una norma moral (una “regla situacional”) es aquella cuya aplicabilidad se ve limitada explícita o implícitamente a contextos específicos, como el pudor, la castidad, el recato, etc. Es la misma relación entre lo que se entiende genéricamente por cultura y lo que significa concreta y objetivamente cada cultura.

 
 
No se puede juzgar el comportamiento de los individuos ni evaluar sus sistemas de valores fuera del contexto social del grupo humano al que pertenece. Esta evaluación y estos juicios sobre el comportamiento de los  individuos dentro de sus propios contextos socioculturales son comprendidos en el ámbito de la moral. Así, la moral (del latín mores, costumbres, modos de ser con los cuales se identifica) constituye el marco normativo básico al comportamiento con el prójimo dentro de una cultura específica son sus propios valores lo mismo que con la naturaleza con la sociedad. 

 
 

Así, la moral constituye un contexto específico de ética que no sólo se manifiesta en las convicciones y en el comportamiento personal de los individuos, sino también y fundamentalmente en el contexto normativo de las instituciones públicas, en la familia, en la propiedad, en los ordenamientos social, económico, político, sexual, religioso y en otros órdenes de comportamiento en la vida social humana. Desde el punto de vista de la antropología cultural la moral como la costumbre se consideran normas y núcleos de estabilización que garantizan la armonía social y consecuentemente la vida humana, sobre la base de la confianza recíproca, apenas protegida por los instintos naturales y los organismos sociales.
 
 
 

A diferencia del derecho, la moral determina formas de vida históricas orgánicamente constituidas, no nacidas de actos formales del poder estatal y no ligadas a acciones inmediatamente compulsivas. Las sanciones de la moral consisten en la reprobación y ruptura de ciertas relaciones sociales, fundamentalmente de reciprocidad. 

 

En este sentido la moral viene a ser un contexto específico de la ética o,  para describirlo antropológicamente y en términos más sencillos: la ética es a la moral lo que la cultura es a las culturas.
 
 
 
 

Citado por Manuel Cruz en: Filosofía contemporánea. Taurus. Barcelona, 2002. p. 33.
 
 

 Bibliografia
 
 
 

Aristóteles Ética a Nicómano. Universidad Nacional Autónoma de México 1957
Beatie, John Otras  culturas. Fondo de Cultura Económica. México.1972
Cruz, Manuel  Filosofía contemporánea. Madrid. Taurus.2002
Dobzhansky,  Theodosius The Biological Basis of Freedom. Columbia University Press.1956
Dobzhansky   Theodosius  “El problema de la evolución humana”. En: Antropología  Contemporánea. La antropología y las ciencias naturales.  Editor Alfredo Méndez Domínguez. Universidad del Valle.  Guatemala.1974
Dobzhansky   Theodosius   “La base genética de la evolución”. En: Psicología fisiológica. Selecciones de Scientific American. Edit. H. Blume. Madrid.1979
Eco, Humberto y María Martini, Carlo  ¿En que creen los que no creen?. Un diálogo sobre la ética al fin del milenio. Madrid. Temas de Hoy.1996
Hall, Edwart T. El lenguaje silencioso. Madrid. Alianza Editorial.  1989
Harré, Rom 1000 años de filosofía. Madrid. Taurus.2001
Huxley, Julian S. Evolution and Ethics. Pilot Press. Harper, Nueva York.1947
Kant, Emanuel  Obras selectas. Crítica de la razón pura y Crítica de la razón  Práctica. Buenos Aires. El Ateneo.1961 
Monod, Jacques  El azar y la necesidad. Ensayo sobre la filosofía natural de la biología moderna. Monte Ávila Edts. Barcelona-Caracas. 1969
Lumsden, C.T. y  Wilson E.O. Genes, Mind and Culture. The Coevolutionary Process. Harvard.University Press.1981
París, Carlos  El animal cultural. Biología y cultura en la realidad humana. Crítica. Barcelona.1993 
Spinoza, Baruch de Ética demostrada según el orden geométrico. Alianza.   Editorial. Madrid.1973
Waddington, C.H.  El animal ético. Editorial Universitaria de Buenos Aires. 1963
Wilson, Edward O. La diversidad de la vida. Crítica  (Drakontos). Barcelona.1994
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