Nos referimos
a la ética no como a la disciplina de especulación
filosófica, sino
como a la forma y cualidad del comportamiento
humano en función
de los principios básicos de la evolución. Y, desde
esta perspectiva, señalamos
como funciones fundamentales de las
formas de conducta social
que se adscriben a la ética: 1) La conservación
de la especie humana
y del medio ambiente; 2) el equilibrio en
la interacción
social a través de los valores y 3) el desarrollo de la cultura
.
Como bien sabemos, en todas
las sociedades hay acciones que son consideradas por sus miembros unas
como buenas, necesarias y deseables y otras como malas, innecesarias y
repudiables. Acciones que deben concebirse conforme el llamado sentido
común y otras que no deben hacerse de ninguna manera; actos que
son apreciados, admirados, premiados o elogiados y otros que son prohibidos
y castigados; deberes que cumplir y derechos que exigen cumplimiento. En
fin, un sinnúmero de formas de comportamiento que se consideran
esenciales, necesarias, ventajosas; otras perniciosas, nefastas o simplemente
intrascendentes para la sociedad. Los juicios con que se aprueba o desaprueba
estas formas de conducta social están referidos a pautas modales
que orientan la vida social y que se han denominado valores, de los cuales
unos son genéricos y tienen carácter universal, en tanto
que otros son relativos y propios de cada cultura.
Esto
presupone dos cuestiones fundamentales: una que la conducta social debe
ser predecible, porque los miembros de la sociedad se influyen mutuamente
y si cada cual actuara por las múltiples vías en las que
discurre la conducta todo sería un caos y la otra que la interacción
social sólo es posible dentro de un orden limitado. De esta manera
la selección de los patrones de comportamiento debe hacerse dentro
de ciertos postulados básicos de la cultura que son los llamados
valores.
Patrones
y valores culturales
Los
valores no son cosas, son estados mentales. La cultura humana está
conformada por determinadas unidades o modelos de comportamiento que son
como los puntos que unen las cuerdas de una red y que de manera general
se han denominado patrones culturales, en el sentido en que en toda cultura
se dan ciertas pautas modales de acuerdo con las cuales la sociedad espera
que sus miembros conformen sus actitudes. Estos patrones se manifiestan
y exteriorizan en la organización social y en las maneras de vivir.
Lo
que podríamos entender como la disposición general de los
patrones culturales —digamos la trama de la cultura— está orientada
por un sistema básico de patrones referenciales que le da sentido
a la vida en sociedad, es el sistema de valores. De allí la denominación
de sistema axial (del griego axios: que vale, que merece) a este sistema
que es el eje de la vida social. Así, desde el punto de vista antropológico,
los valores vienen a ser referentes para orientar el sentido de las acciones
hacia la integridad del grupo y la coherencia de la sociedad, aunque frecuentemente
puedan ser falseados o distorsionados por ideologías, exaltaciones
o por intereses económicos y políticos. Los seres humanos
sienten algo como valioso porque necesitan determinados bienes o condiciones
para convivir y sobrevivir.
Como
escribe John Beattie:
La idea del valor
es una idea positiva; los valores aportan incentivos para la acción;
lo que las personas valoran es lo que desean (...) para ser más
precisos, debemos decir que lo que interesa a los antropólogos
son las valoraciones más que los valores ... (Beattie, 1972:102)
El sistema de valores determina
todo el panorama mental de una cultura y en toda cultura existe una jerarquía
de valores que la identifica y diferencia de las demás. Muchos o
algunos de sus valores pueden ser semejantes a los de otra u otras culturas,
lo que la diferencia es la preeminencia de determinados valores, pero basta
que unos subordinen a otros para que resulten considerables diferencias
en las concepciones del mundo y de la realidad.
Los valores, como las necesidades
que los originan, pueden separarse en dos órdenes: fisiológicos
(materiales) y culturales (sociales). Las necesidades básicas, al
tornarse conscientes se convierten en juicios sobre el objeto que las satisface,
es decir se vuelven instrumentos de valoración para el organismo
que los reclama como necesarios. Los valores culturales son derivados de
la organización y plasmados por la sociedad y, al ser originados
por la circunstancia social, no son homogéneos ni iguales para todos
los hombres, ni para todas las culturas. Aquí radica la diferencia
en entre los órdenes ético y moral, como veremos más
adelante.
Los
valores están siempre relacionados con la supervivencia y la integridad
de un determinado grupo social, es decir lo que en algunas sociedades es
un valor positivo en otras puede no serlo o de hecho no lo es. Incluso
en las mismas sociedades un acto que en circunstancias normales es un delito
en otras no lo es y hasta se convierte en mérito; en nuestra propia
civilización matar a una persona constituye homicidio, delito grave,
castigado en todas las sociedades —aunque el hecho puede tener diversos
atenuantes según los casos— pero en tiempo de guerra matar y aniquilar
al enemigo constituye acto de coraje, estimulado y reconocido. Esto nos
está demostrando como todo valor está directamente relacionado
con la integridad y defensa del grupo social.
Así,
pues, se puede definir con validez un criterio antropológico para
estimar la correspondencia de los valores y es la medida en que un acto,
un tipo de comportamiento o una institución mantienen o contribuyen
a la integridad y cohesión del grupo. En cuanto a los patrones y
valores culturales se establece que:
- El ethos de una
cultura, esto es su modo de vida distintivo, no radica en la suma o enumeración
de sus rasgos culturales sino en la manera como estos se relacionan.
- Los patrones y
valores trasladados de una cultura fuera de su contexto estructural resultan
no sólo absurdos sino hasta desquiciados.
- El sistema de
valores no sólo confiere estabilidad a una sociedad determinada
sino que le da sentido intelectual y emocional a las formas de la vida
social.
- El sistema de
valores es instrumento de regulación mecánica de la sociedad
porque proporciona la seguridad de que el comportamiento se realiza de
conformidad con lo que espera la sociedad de cada individuo.
- Los valores
cambian más lentamente que otros aspectos de la cultura porque con
ellos se configuran las estructuras sociales. Pero si bien actúan
como freno para los cambios peligrosos también retardan los procesos
de cambio, haciendo que la sociedad asimile muchas innovaciones sin que
se altere su estructura básica. Por esta razón constituyen
también las barreras más poderosas frente al cambio dirigido,
cuando este pretende ser estructural. De tal manera, pues, que no puede
pensarse en un cambio revolucionario manteniendo el mismo sistema de valores.
Ahora bien, los valores son
elementos principales de la cultura y la cultura es esencialmente información
transmitida, pero es trasmitida a través de dos vías: una
directa, de cerebro a cerebro a través del lenguaje, la otra a través
de los genes y de la evolución. La información transmitida
a través del lenguaje es precisa, objetiva, acumulable e inmediata;
pero es la información genéticamente transmitida la que acondiciona
al hombre a su especiación, esto es a su naturaleza social y cultural.
Como escriben Lumsden y Wilson:
La
conducta no está explicitada en los genes ( ...) pero los genes
prescriben una serie de procesos biológicos que llamamos reglas
epigenéticas, las cuales dirigen el caudal de la mente ... los genes
están ligados a la cultura de una manera profunda y sutil. (Lumsden
y Wilson, 1981:2)
Biología
y cultura
Como
observa Theodosius Dobzhansky (1956:28), la aparición de la cultura
significó el comienzo de un nuevo tipo de desarrollo evolutivo que
hasta entonces no existía: la evolución humana propiamente
dicha. Así, la cultura es biobásica, es decir está
enraizada en las funciones biológicas de nuestra especie, de allí
que se pueda llamar infracultura a las formas de comportamiento animal
que precedieron a la aparición de la cultura en el hombre (Dobzhanski,
1956, 1974 y 1979).
En
este mismo sentido piensan Eduard Hall y George Trager, que remontándose
a la infracultura se puede demostrar que las complejas bases biológicas
sobre las que se fundamenta la cultura humana se establecieron en diferentes
etapas de la historia de la evolución y que las bases infraculturales
conducían a tipos de actividades diferentes. Como la cultura se
aprende es evidente que puede enseñarse, de esta manera el progreso
de la enseñanza —sobre todo con el desarrollo del lenguaje— ha seguido
pasos que permiten establecer criterios para determinar cómo se
constituyeron los diferentes sistemas culturales y cómo es que para
establecerse tuvieron que estar enraizados en una actividad biológica
ampliamente compartida con otras formas avanzadas de vida, siendo esencial
que no se produzcan rupturas con el pasado. Es así como se
entiende claramente que la interacción se basa en la irritabilidad
fundamental de toda sustancia viva. “Actuar en reciprocidad con el ambiente
es estar vivo y no hacerlo significa morir” (Hall, 1989:50-51).
No fue precisamente en el
campo de la antropología donde se produjo el renacimiento del interés
por la evolución cultural del hombre, sino en los campos de la biología,
donde algunos investigadores se dieron cuenta de la importancia potencial
del mecanismo socio genético que permite al hombre trasmitir información
a través de las generaciones. Fue Julián Huxley quien
en 1929 empezó a llamar la atención sobre este nuevo horizonte
(Huxley, 1947:185). Le siguieron otros biólogos como Waddington,
Sinnott y Needham, entre los más destacados.
No
queda duda, entonces, de que los genes aseguran que una cultura sea adquirida,
aunque no directamente transmitida, así como del hecho de que al
modificarse la cultura por el ambiente se inducen también modificaciones
en los genes. Como explica Dobzhansky, la herencia biológica que
se lleva en los genes es transmitida de padres a hijos en línea
directa, en tanto que la herencia cultural se transmite por la enseñanza-aprendizaje
o por imitación y es independiente de la descendencia. Una cosa
es clara: los cambios histórico-culturales son mucho más
rápidos que los genéticos, como el hecho de que las diferencias
entre padres e hijos son más culturales que las genéticas.
Pero, como quiera que se explique existe una necesaria interrelación
entre ambas herencias.
Richard
Dawkins publicó en 1976 El gen egoísta, libro en el que formula
su tesis sobre la existencia de los memes, un nuevo tipo de unidades de
transmisión cultural o entidades auto-replicativas que se propagan
de cerebro a cerebro mediante el proceso de imitación, “proliferando
y darwinizándose en el río de cultura”.
En
suma, como escribe Carlos París, la cultura viene a ser un proceso
que culmina en la realidad humana y el análisis de la evolución
biológica nos permite comprender el concepto de cultura como desarrollo
y desembocadura de la vida en la condición humana. (Paris, 1994)
Ética y filosofía
Los
filósofos han intentado explicar la naturaleza de la ética
de acuerdo con algunos principios fundamentales, unos porque consideran
determinados tipos de conducta como buenos en sí mismos y otros
porque se adaptan a modelos concretos de ideología. Es decir,
por un lado se ha pensado que hay principios que implican un valor final
(summun bonum) deseable per se —más allá de los medios para
alcanzar un fin— y por otro lado porque estos principios son derivados
de un orden establecido. Así, en la historia de la ética
como disciplina filosófica se advierten tres tipos de fuentes principales
de las que dimana la índole de la conducta humana: 1) La autoridad
divina, 2) la Naturaleza y 3) la razón. Con sinnúmero de
planteamientos, en algunos de los cuales se conjugan estas fuentes.
La
ética platónica está basada en el supuesto de que
existe un principio universal para todas las formas e insiste por sobre
todo en la unidad o armonía. El principio supremo es el Bien, idéntico
a la Verdad; el mal no existe en sí mismo sino como reflejo imperfecto
de lo real, y la contemplación del Bien —sólo posible mediante
el conocimiento— constituye el fin más elevado de la mente. La virtud,
que también depende del conocimiento, consiste en la regulación
de los impulsos, de acuerdo con las normas eternas y es la base de toda
acción humana. En sus Diálogos, escritos en primera mitad
del siglo IV a.C., Platón mantiene que la virtud descansa en la
aptitud del hombre para llevar a cabo su razón de ser en el mundo.
Para
Aristóteles (Etica a Nicomaco) el hombre es el único ser
del universo que desarrolla de un modo racional la expresión del
orden mediante el conocimiento en el terreno de la racionalidad teórica,
captando de forma abstracta y conceptual la verdadera naturaleza de las
cosas. Y es mediante la conducta moral, en el terreno de la racionalidad
práctica, que se desarrollan las potencialidades del alma con las
que se desea el bien. La vida propiamente humana es la vida ética
y consiste en el cultivo de las virtudes. Es en la actividad real
(praxis), conforme a la virtud más excelente, es que se desarrolla
en el hombre la idea del bien. También en ello consiste la felicidad
y por esto es que tanto la ética cuanto la política son la
realización del fin (telos) de la naturaleza humana. Para Aristóteles
las virtudes morales e intelectuales son medios destinados a la consecución
de la felicidad, que es resultado de la realización plena del potencial
humano.
El
cristianismo marcó una revolución en la ética al introducir
una concepción religiosa de lo bueno en el pensamiento occidental.
Según el pensamiento cristiano una persona es por entero dependiente
de Dios y no puede alcanzar la bondad por medio de la voluntad o la inteligencia
sino tan solo con la ayuda de la gracia divina. La primera idea ética
cristiana descansa en la regla de oro: “... todas las cosas que queráis
que los hombres hagan con vosotros, así también haced vosotros
con ellos; porque esto es la ley de los profetas”. (Mateo: 7,12).
Con el Renacimiento se produjo
el tránsito de una cosmovisión dominada por la religión
a otra dominada por la razón. Fue la orientación del humanismo
que reabrió todas las cuestiones que antes parecían zanjadas
por la fe y la revelación. El hombre pasó a ocupar el centro
de los patrones del conocimiento y tanto en la filosofía de la moralidad
cuanto en la política de la segunda mitad del milenio los deberes
dieron paso a los derechos y la autoridad dio paso a la razón (Harré,
2001:319).
Es
quizá en la obra de Baruch Spinoza donde mejor se refleja la transformación
de la Escolástica en un nuevo racionalismo naturalista.
“La mayoría
de los que escriben sobre las emociones y sobre la conducta humana parecen
estar tratando de materias externas a la naturaleza y no de fenómenos
naturales que siguen las leyes de la naturaleza”.
Spinoza introduce una tesis
crucial para resolver la cuestión de la relación entre la
mente y el cuerpo al sostener que el orden y la conexión de las
ideas son los mismos que el orden y la conexión de las cosas y ello
es consecuencia de que ambos, mente y cuerpo, son partes de la misma realidad
que Spinoza llama “Dios”. Este filósofo insiste en que hay una armonía
y un único “despliegue” que se manifiesta en los dos modos: pensamiento
(mente) y extensión (materia).
Según
Spinoza es la razón humana el criterio para una conducta recta y
en su obra más importante, Etica demostrada según el orden
geométrico (1677), afirmaba que la ética se deduce de la
psicología y la metafísica. Sostiene así mismo que
todas las cosas son neutras en el orden moral desde el punto de vista de
la eternidad. Sólo las necesidades y los intereses humanos
determinan lo que se considera bueno o malo. Todo lo que contribuye al
conocimiento de la naturaleza del ser humano o se halla en consonancia
con la razón humana está prefigurado como bueno. Por ello
cabe suponer que todo lo que la gente tiene en común es lo
mejor para cada uno, de allí que lo bueno que la gente busca para
los demás es lo bueno que desea para si misma.
Las
ideas éticas de Emmanuel Kant tal como lo manifiesta en su Crítica
a la razón práctica (1788) son resultado lógico de
su creencia en la libertad del individuo. Kant considera esta libertad
no como el hecho de no someterse a las leyes, como en la anarquía,
sino como la libertad del control de sí mismo, la libertad para
obedecer conscientemente las leyes del Universo tal y como son reveladas
por la razón. En la Metafísica de las costumbres (1797) describe
su sistema ético basado en la idea de que la razón es la
autoridad última de la moral. Afirmaba que los actos de cualquier
clase han de ser emprendidos desde el sentido del deber que dicte la razón
y que ningún acto realizado por conveniencia o sólo por obediencia
a la ley o a la costumbre puede considerarse como moral. Describió
dos tipos de órdenes dadas por la razón: el imperativo hipotético,
que dispone un curso de acción para lograr un fin específico
y el imperativo categórico que dicta una trayectoria de actuación
que debe ser seguida por su exactitud y necesidad. El imperativo categórico
es la base de la moral y fue resumido por Kant en las siguientes sentencias:
Obra sólo según
una máxima tal que puedas querer al mismo tiempo que se torne ley
universal.
Obra del modo que
uses la humanidad, tanto en tu persona como en la persona de cualquier
otro, siempre como un fin al mismo tiempo y nunca solamente como un medio.
(Metáfísica de las costumbres).
La ética en la
postmodernidad
Me
parece que en ética, al igual que en todas las demás ramas
filosóficas, las dificultades y desacuerdos, de lo que su historia
está llena, se deben principalmente a una causa muy simple, a saber:
al intento de responder a preguntas sin descubrir primero cuál es
la pregunta que deseamos responder: Geoge E. More .
Como
un corte en la historia de la filosofía, Ludwig Wittgenstein rompe
con todas las concepciones tradicionales al afirmar que no está
convencido que en el mundo haya valores y agrega “aunque los hubiera no
tendrían valor alguno”, de donde para él deviene la imposibilidad
de las proposiciones éticas, puesto que “tales proposiciones —señala—
no pueden expresar nada que pertenezca a un ámbito superior”. Y
su dictamen no puede ser más concluyente: “Está claro que
la ética es inexplicable” (En: Cruz, 2002:58).
Partiendo
del hecho que la evolución de la cultura significó el comienzo
de un nuevo tipo de desarrollo evolutivo, sostiene Jaques Monod que la
ética es producto de la evolución y señala que durante
este nuevo proceso evolutivo las sociedades humanas necesitaron de un código
de comportamiento moral para prever las consecuencias de sus propias acciones
y que la mayor adecuación y valoración del lenguaje humano
posibilitó una mayor interrelación social y que ésta,
para evitar la segregación de los grupos sociales o el rechazo de
los individuos, promovió el surgimiento de la ética.
Así,
la ética se presenta cuando se ha sobrepasado cierto nivel evolutivo
y se deriva de una capacidad intelectual avanzada. La evolución
y valoración de los fundamentos de la ética ha llevado en
los tiempos actuales a que un importante número de científicos
critiquen la doble moral de las sociedades actuales que promueven en público
valores y prácticas animistas con principios establecidos sin bases
objetivas, en tanto que el progreso material del que disfrutan está
basado precisamente en lo contrario. Plantea Monod una nueva ética
basada en la ciencia y no en principios animistas, una ética que
tenga sus raíces en los principios de la evolución orgánica,
que promueva principios más avanzados y favorezca tendencias evolutivas
que mejoren la preservación de los genes (Monod, 1971:IX)
Con
el sugestivo título ¿En qué creen los que no creen?
se publicó en 1997 un pequeño libro en italiano, que contiene
ocho cartas cursadas entre Umberto Eco y el cardenal Carlo María
Martini, arzobispo de Milán, a través de las cuales los esclarecidos
intelectuales intercambian reflexiones acerca de importantes temas y problemas
de la filosofía contemporánea. En las dos últimas
cartas se refieren específicamente al problema de la ética
y en su carta “¿Dónde encuentra el laico la luz del bien?”
el cardenal Martini plantea la pregunta fundamental: ¿Cómo
se puede llegar a decir, prescindiendo de la referencia a un absoluto,
que ciertas acciones no se puedan hacer de modo alguno y que otras deben
hacerse de todas maneras cueste lo que cueste?
Está
claro que para el cardenal Martini, como para todo creyente, la cuestión
no embarga problema, ya que cualquier fundamento que no se remita al Ser
Supremo, por humanista que fuere, resulta siempre insuficiente. No
se puede negar —dice el cardenal— que una ética “laica” pueda
hallar también y de hecho reconoce normas y valores válidos
para la convivencia humana, pero para que los cimientos de estos valores
no sean entendidos simplemente como costumbres, formas de comportamiento
funcional o mera necesidad social, sino que asuman el carácter de
un “verdadero y propio absoluto moral” es necesario que no dependan de
principio mutable o negociable alguno.
Para
Eco, en su carta de respuesta que lleva como epígrafe “Cuando los
demás entran en escena nace la ética”, la universalidad de
la ética cobra sentido cuando se reconoce la existencia de universales
semánticos, esto es, de nociones elementales comunes a la especie
humana que de algún modo son expresadas en todas las lenguas. Estas
nociones, que existen más allá de las simples percepciones
del espacio y del tiempo, son las nociones comunes de bien y de mal, de
bienestar y de temor, de amor a los hijos, de dolor cuando se pierde a
una persona amada, de los sentidos de familia, de supervivencia y de grupo,
etc. Esta semántica —dice Eco— se convierte en base de la ética.
Eugenio
Scalfari, periodista y crítico italiano uno de los comentaristas
de este epistolario intenso, a la pregunta primordial de ¿Cuál
es entonces el fundamento de la moral en que todos, creyentes y no creyentes,
podemos reconocernos? sostiene que este fundamento reside en la pertenencia
biológica de los hombres a una especie y manifiesta:
... en la
persona se enfrentan y conviven dos instintos esenciales, el de la supervivencia
del individuo y el de la supervivencia de la especie. El primero da lugar
al egoísmo necesario y positivo, siempre que no pase de ciertos
limites a partir de los cuales se vuelve devastador para la sociedad; el
segundo da lugar al sentimiento de la moralidad, es decir, a la necesidad
de hacerse cargo del sufrimiento ajeno y del bien común “...
es el instinto biológico que se halla en la base del comportamiento
moral ... y del común código genético que está
inscrito en cada uno de nosotros (Escalfari:1996:125).
Tanto los universales semánticos
a los que se refiere Eco, cuanto el instinto inscrito en nuestro código
genético son factores innegables en el comportamiento ético.
Es cierto también, como concluye en la recapitulación monseñor
Martini, que todas las respuestas identifican en la ética a un elemento
propio del hombre, algo gracias a lo cual el hombre es lo que es. Pero
quedan otros interrogantes: ¿Por qué existen universales
en la cultura? lo mismo que ¿a qué se debe esta función
del instinto?
Ética
y moral
Como ya se habrá dado
cuenta el lector, hemos usado el término ética para referirnos
a los principios genéricos y universales de la conducta humana y
la palabra moral para referirnos al conjunto de normas de comportamiento
específico que rigen en cada cultura. Es así como, desde
el punto de vista antropológico se comprende mejor la distinción
que estamos proponiendo entre ética y moral. Del mismo modo
entendemos por principios éticos las ideas básicas que rigen
la conducta humana y por normas morales los patrones culturales que se
refieren a las formas de comportamiento en función de las costumbres
y valores específicos de cada cultura. De allí también
la distinción entre principios y normas y entre conducta y comportamiento.
Aquí podemos esclarecer también la diferencia entre la ética,
que algunos han denominado “moral absoluta” y la denominada “moral
situacional”. Un principio ético es aquel que debe aplicarse en
todos los tiempos y en todos los lugares, como por ejemplo la honradez,
la lealtad, el honor. En tanto que una norma moral (una “regla situacional”)
es aquella cuya aplicabilidad se ve limitada explícita o implícitamente
a contextos específicos, como el pudor, la castidad, el recato,
etc. Es la misma relación entre lo que se entiende genéricamente
por cultura y lo que significa concreta y objetivamente cada cultura.
No
se puede juzgar el comportamiento de los individuos ni evaluar sus sistemas
de valores fuera del contexto social del grupo humano al que pertenece.
Esta evaluación y estos juicios sobre el comportamiento de los
individuos dentro de sus propios contextos socioculturales son comprendidos
en el ámbito de la moral. Así, la moral (del latín
mores, costumbres, modos de ser con los cuales se identifica) constituye
el marco normativo básico al comportamiento con el prójimo
dentro de una cultura específica son sus propios valores lo mismo
que con la naturaleza con la sociedad.
Así,
la moral constituye un contexto específico de ética que no
sólo se manifiesta en las convicciones y en el comportamiento personal
de los individuos, sino también y fundamentalmente en el contexto
normativo de las instituciones públicas, en la familia, en la propiedad,
en los ordenamientos social, económico, político, sexual,
religioso y en otros órdenes de comportamiento en la vida social
humana. Desde el punto de vista de la antropología cultural la moral
como la costumbre se consideran normas y núcleos de estabilización
que garantizan la armonía social y consecuentemente la vida humana,
sobre la base de la confianza recíproca, apenas protegida por los
instintos naturales y los organismos sociales.
A
diferencia del derecho, la moral determina formas de vida históricas
orgánicamente constituidas, no nacidas de actos formales del poder
estatal y no ligadas a acciones inmediatamente compulsivas. Las sanciones
de la moral consisten en la reprobación y ruptura de ciertas relaciones
sociales, fundamentalmente de reciprocidad.
En
este sentido la moral viene a ser un contexto específico de la ética
o, para describirlo antropológicamente y en términos
más sencillos: la ética es a la moral lo que la cultura es
a las culturas.
Citado
por Manuel Cruz en: Filosofía contemporánea. Taurus. Barcelona,
2002. p. 33.
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