La
cotidiana recorrida de las calles de Buenos Aires es un andar que emprendo
como habitante de esta urbe, como vecina del Barrio de San Cristóbal,
como trabajadora, espectadora, consumidora, familiar, amiga, cliente, pasajera,
usuaria... Y siempre, en algún momento, se cuela la mirada antropológica...
sea en el supermercado o en el colectivo, leyendo el diario, mirando la
televisión o yendo al cine. No vivo la vida cotidiana a través
del cristal del enfoque antropológico. Simplemente a menudo se me
impone: y muchas veces porque me siento extrañada, como diría
Da Matta (1983). Se trata de mi ciudad, mi gente, mis lugares... y sin
embargo con frecuencia me sorprende, me desubica lo que genéricamente
antes se llamaba cambio social. Esta desubicación me reubica en
otros lenguajes, en otros sitios, asumiendo otros roles, interactuando
de otras maneras con otros actores.
Si
me desubica entrar en los cines Hoyts del Shopping Abasto -construidos
con una lógica socioespacial, económica y cultural yanqui-
me desubican sobre todo los chicos de la calle, la gente comiendo de la
basura, el mangazo
insistente e ininterrumpido en la Av. Corrientes, los limosneros, los vendedores
ambulantes, las nuevas relaciones laborales que no sólo están
condensadas en la producción en base a mano de obra barata, sino
que se hacen visibles sobre todo en la sumisión.
Necesito
entender lo que está pasando y cómo, en esta Buenos Aires
que sigue siendo una Meca, dentro de una Argentina latinoamericanizada
en el peor de los sentidos y velozmente en 30 años, lo que quiere
decir miseria-opulencia, para poner las cosas blanco sobre negro, y a partir
de allí incorporar sutilezas. En ese trabajo de comprensión
he indagado nuevos conceptos tales como globalización, multiculturalidad,
consumo-identidad, desterritorialización ...
Mi
mirada no sólo se detuvo en las fronteras socioespaciales de Buenos
Aires por imposición de una publicación. Yo siento fronteras
y apelo entonces a los recursos teóricos que me parecen más
fértiles de la antropología, intentando articular un discurso
que dé cuenta de los fenómenos socializadores y resocializadores
que permanentemente se ponen en marcha en el espacio social de Buenos Aires.
Me he detenido en los medios de transporte. La razón primera fue
el impacto que viví viajando en tren de Constitución a Quilmes
a fines del verano de 2000, a lo que se sumaron aguafuertes de la Estación
de Trenes de Retiro , situaciones en el tren a Ezeiza, desubiques en la
Terminal de Ómnibus y retazos múltiples de situaciones de
miseria ...
Transporte me lleva a la
idea de transición entre puertos, puertas, accesos... Y en ese sentido,
los puertos-puertas son fronteras, condensación de relaciones
sociales. Me vi precisada de tomar posturas con respecto a la conceptualización
del espacio y las fronteras. Y en lo que hace al paso, al pasaje
de las fronteras, estimé fértil señalar algunas pautas
para pensar los viajes a los suburbios como rito de paso.
¿Cómo es
Buenos Aires 2000?
Graciela
(49 años, lingüista porteña residente en Alemania desde
1975, viene periódicamente a Buenos Aires):
Buenos Aires...
sigue siendo igual la formalidad en la ropa, con un aspecto para
mí agradable: el olor de la gente en el subte que va a Plaza Mayo
(huelen a perfume). El subte, aquí en Berlín, es más
una mezcla de todo tipo de gente ¡y no siempre limpia! ... Sigue
siendo igual la mirada con que los hombres miran a las mujeres ... Sigue
habiendo mucha cultura gratis. Los chicos y las chicas me parecen los más
lindos del mundo (con excepción de los que ves en Cuba) ... Sigue
siendo igual la gente que labura
mucho, con agendas inhumanas ... Sigue siendo igual la informalidad, no
cumplen lo que te dicen, te dejan plantada... Pero si decís que
sos de Berlín te prestan un poco más de atención ...
Sigue siendo igual lo complicado de la vida cotidiana.
Lo que cambió es la confrontación más directa con
la pobreza; cualquier tipo de gente te pide guita
en la calle. La siento, de pronto, como una ciudad insegura. La noche
-en la calle- termina antes que antes. Veo mucha casa con rejas. Y mucha
cana
en la calle ... Veo mucha gente joven boludeando
... Cambió también el que pibes del secundario busquen laburo
... Buenos Aires 2000 es un invento, porque la fecha no significa nada.
La
frontera Sur
Estación
de trenes de Constitución en un domingo del fin del verano. Año
2000. Afuera el día es radiante de sol. El ruido y la aglomeración
sobre todo de colectivos que llegan hoy no atronan el aire con bocinas,
chirridos, aceleradas y frenazos. La gente camina sin correr tanto. Bajé
del colectivo 61 y en mi trayecto hacia la estación reconocí
nuevamente este lugar que me viera pasar tantas veces ... Coronando la
plaza, al fondo, hacia el río, se recorta la iglesia, que ha quedado
bordeada por las estribaciones de la autopista. La calle Lima es, hacia
la estación, el ahora maxisupermercado Coto, los todo por 2 pesos
, una semiterminal de ómnibus Río de la Plata que ahora sólo
van hacia el sur del conurbano, el viejo hotel que en otro momento supo
tener su gloria, y luego las pizzerías, bares, casas de música,
todo aglomerándose, todo llenándose de mercadería
multicolor, todo aumentando en estética popular en tanto me acerco
a la estación ... Antes de cruzar miro a la derecha, hacia
el Sur, e imagino las estribaciones de los hospitales psiquiátricos
Borda, Moyano y Tobar García, siguiendo el sentido de las
vías férreas. Pienso que, más allá de la 9
de Julio, en Montes de Oca, sigue alzándose el enorme predio y edificio
de la Casa Cuna. Y sigo imaginándome, siempre hacia el Sur, la fábrica
de Terrabusi, con su olor a galletitas que me despertaba a la mañana
cuando vivía allí cerca. Y la muerta planta industrial de
Canale, frente al Parque Lezama, allá en Martín García
... antaño más olor a galletitas. ¿Quién las
compró ahora? Ya lo olvidé... Y sigo por la Avenida
Alte. Brown y veo los simpáticos y vistosos monoblocks de Catalinas
Sur, y el Hospital Argerich y la Casa Amarilla, la Cancha de Boca, los
conventillos de la Boca y puedo llegar hasta la ribera, hoy acondicionada
con un paseo cementado, y allá al fondo Caminito y Quinquela Martín,
cuyos barcos y estibadores sólo quedan en la memoria de sus óleos
...
Sólo
memoria… En el Sur está la memoria de una zona obrera, me decía
Isabel...
Vuelvo
a este espacio-corazón de Plaza Constitución y ya estoy ante
la puerta del monumental y aún bellísimo -a pesar de su oscuridad
por la falta de cuidado- edificio de la estación de trenes. Adentro,
multitud de espacios que antes ocupaban kioskos de cigarrillos, maxikioskos,
expendios de pan y facturas, barcitos, negocios de venta de cassettes y
otras cuestiones de música, hoy son boquetes tapados con chapas.
Adentro los techos son altísimos y las hermosas cúpulas llevan
múltiples heridas de vidrios rotos que cuelan el agua cuando llueve;
y allá arriba hay mugre de palomas y acá abajo todavía
no corre el frío del invierno y hacia los lados, se ven los pocos
locales o kioskos sobrevivientes. Horario de trenes electrónico.
Yo voy a Quilmes, hacia el Sur del Conurbano. 35 minutos de viaje. Andén
número ....
Llego
con el tiempo justo a mi asiento. No, éste no es el tren eléctrico,
el que hicieron los japoneses en los tiempos de la presidencia de Alfonsín.
Este es el de los asientos verdes de cuerina, de a dos por lado, rebatibles.
Sí, debe ser de los tempranos '60 ... Y el último mantenimiento,
¿cuándo se habrá hecho? Hay ventanillas con vidrios
rotos ... Hoy hace calor, pero la ventanilla mía no se puede abrir.
Cristina (57 años, empleada doméstica, vecina de Berazategui,
Sur del Conurbano Bonaerense) habla del frío que siente en invierno,
cuando llega congelada a casa, porque adentro del tren es la intemperie.
El
tren todavía no sale. Miro hacia las vías. Me llama la atención
la acumulación de basura: botellas de plástico, latas, envases
tetrabrik, papeles, envoltorios, bolsas de nylon, lo que usted quiera
... Basura en las vías, basura en los andenes, más
basura en el tren ... Vivir rodeado de basura ... igual que en mi barrio.
En el Sur parece que hubiera más basura, todo es más sucio
que en el Norte.
El
tren sale ... A poco de andar, aparecen los primeros vendedores ambulantes,
que se suceden inacabablemente: biromes, pilas, medias, libritos fotocopiados,
y los chicos con estampitas... Estos pequeñitos, con sus ropas rotas,
sus caritas serias, apurados por recorrer los coches para dejar las estampitas
y recoger, antes de la próxima estación, lo que serán
sus centavos de ganancia. Me vienen tantas imágenes ... La del subte,
primero, hace unos 3 o más años ... Una chica de unos 14
años con un bebé en brazos que andaba en estos trajines de
vender estampitas y que, para poder moverse con comodidad en el vagón,
le pide a una señora que le tenga al bebé. Después
... volvió a acercarse a la señora y le preguntó :
"¿No quiere quedarse con el chico, señora?" ... Me acuerdo
de Faustina (38 años, mamá de 7 hijos, vecina de Santa Marta,
Lomas de Zamora, Sur del Conurbano Bonaerense), allá por el año
83, cuando habló y yo entendí: "yo les dije a los chicos
que si no salían hoy a vender estampitas, no había para el
cocido " .
Y ahora Mónica (41 años, divorciada, profesora universitaria
e investigadora en filosofía, vecina del barrio capitalino de Flores)
que me cuenta lo de los chicos en el Tren del Oeste. El mayor de unos 7
u 8 años, caminaba adelante, ya experto en su trabajo de vender
estampitas. El menor, 2 años calcula ella, todavía no muy
diestro en el caminar, andaba tambaleante detrás del otro.
Al ver la inestabilidad del chiquitito y más aún, en medio
de los sacudones de la marcha del tren, Mónica le pregunta al mayor:
"¿querés que te lo tenga ?" Y el mayor respondió :
"Déje, señora, que está aprendiendo el oficio" ...
(Como dijo el cacique indígena a la antropóloga: si el pequeño
se cae de la altura subiendo el desfiladero, es porque no está apto
para vivir en este medio). Me estoy preguntando para qué cuento
esto ... si todos debiéramos saberlo ... lo vivimos a diario y no
es ninguna novedad. Supongo que lo cuento porque hay mucha gente que naturaliza
todo esto que duele, que indigna ...
Cristina
habla de los vendedores ambulantes y de los mendigos en los trenes que
van hacia el Sur: los que cuentan que son sidóticos y necesitan
comprar remedios, la madre que dice tiene un chico internado y necesita
medicamentos, el ciego que toca el acordeón, el tullido que transita
los vagones que se bambolean, dando muestras de equilibrio y destreza circense,
con todo el respeto de la palabra ... todo por una moneda, "lo que Ud.
pueda, señor / señora. Y les deseo un feliz viaje" ... Cristina
conoce bien el tren del Sur, viene de Berazategui a Constitución
por lo menos una vez por semana ... Este bombardeo le duele: "Yo cierro
los ojos, echo la cabeza atrás y respiro. Me hace mal todo eso."
Es la miseria, opina Ofelia -63 años, comerciante, reside
en San Cristóbal, barrio del Sur capitalino-. Yo me acuerdo que
antes, yo soy de Lanús, había pobreza, pero pobreza digna.
La gente andaba remendada, pero era otra cosa. Ahora es distinto. La gente
come de la basura. Hacen cola en Mc Donald's, sé del de la calle
Florida, y allá cuando cierran, les preparan en bolsas especiales
los desperdicios."
...
adoro viajar en tren. Y no puedo sustraerme a mirar por la ventanilla.
Se suceden las estaciones hacia el Sur. Hacía tiempo que no tomaba
estos rumbos, o quizá hacía tiempo que no miraba por una
ventanilla. El continuum Constitución-Barracas-Avellaneda mirado
desde arriba, es como leer un diario de imágenes aéreas.
Veo una sucesión de techos y de frentes de edificios. Me invade
la melancolía: esas construcciones fueron barracas laneras, o depósitos
de cuero, o fábricas, o talleres ... Hoy son esqueletos semi derruidos,
de techos agujereados, algunos con carteles de venta. Pero allí
diviso una construcción que tiene aspecto de emprendimiento productivo.
Se ven edificios de factura industrial, se ven montacargas. ¿Qué
es? No sé, pero da alegría ver un poco de vida productiva
en medio de tanta historia de trabajo clausurada, cerrada por duelo de
la producción industrial. Una casa tras otra, edificios, cada vez
más al Sur. Antropología de los techos ... Mucho techo zurcido
con membrana y aquél que se me fijó hondo: marcaba una estructura
muy alargada de una vivienda. Era de chapa de zinc y en su parte media
había un enorme agujero que dejaba ver la lógica característica
del amoblamiento de la pobreza: todo junto comedor-dormitorio-living-lavadero-baño,
ropa colgada en el interior..., visto desde el tren.
La
gente ya casi no pinta el frente de su casa. Los pocos que lo hacen todavía
ponen una colorida nota disonante. Pero no hay que preocuparse, ya
llegaré a Quilmes y caminaré por su peatonal comercial, y
me internaré hacia el río una vez que deje la plaza e iniciaré
la caminata por unas bellísimas cuadras bordeadas de amplias casonas,
con jardín, bien mantenidas, algunas con pileta de natación.
No veré mugre por allí hasta que llegue al Balneario popular,
donde están los choripaneros
, los restaurantes y el río de la Plata, y más allá
"la isla" del tradicional club El Pejerrey. Allí me instalaré
en Docker y pagaré una pequeña fortuna por un café.
La
frontera Norte
Retiro.
Estación de trenes. Sábado 6 de mayo de 2000, después
de muchos días de lluvia. Tomo el colectivo 130, junto con Lola
(18 años, soltera, estudiante de Ciencias Políticas, vecina
del elegante barrio de Caballito). El día es espléndido.
Subimos en Libertador y Salguero. A nuestra izquierda, rodando aceleradamente
por la tradicional Av. Del Libertador, vamos dejando el bellamente aristocrático
enclave de Palermo Chico. Enseguida aparecen los increíblemente
verdes jardines que preanuncian Plaza Francia y a la izquierda, esa vieja
fuente donde vi jugar a tantos chicos con sus barquitos durante tantos
años y que ahora está bien guardada en su soledad por rejas
negras, altas. En menos de diez minutos estamos llegando a Retiro. Un sábado,
11 de la mañana, no hay congestionamiento. Cruzamos Pueyrredón
y el complejo, diverso y único mundo de ese barrio chic llamado
Recoleta ... Luego el elegantísimo Shopping Patio Bullrich -cuyos
precios no se pueden creer- y enfrente, más allá, se adivina
el enjambre de las vías férreas. La Avenida 9 de Julio y
muros que anuncian la estación de trenes, la que fuera de la estatal
línea Mitre. Hoy creo que se llama TBA la compañía
que lo explota. Cruzar Libertador y poner un pie en la vereda de las estaciones
es asistir a un estallido de puestos de vendedores ambulantes. Provincianos,
cabecitas
, gente pobre, ambulantes, morochos, ¿villeros
tal vez ...? Sobre todo venta de ropa: yoguins, buzos, pullóveres,
camperas, guantes, gorros, ropa interior, también golosinas, relojes
... Todas marcas truchadas
, pero marca al fin: Nike, Adidas ...

Frente
a la estación y como telón de fondo de los ambulantes, se
alza la ex Torre de los Ingleses (¿cómo era que se llamaba
ahora?), en la Plaza que sí recuerdo la rebautizaron Fuerza Aérea,
allá por el momento del síndrome de la guerra de Malvinas;
y levantando la vista se ve ese corazón alto de vidrios donde rebota
la luz del sol que se llama Catalinas Norte, que hoy alberga las
más lujosas oficinas de la Capital. En primer plano se erige el
Sheraton Hotel, con su explanada, sus porteros de galera, sus salas de
Congresos y esa envidiable vista hacia el majestuoso Río de la Plata
... sobre todo desde el último piso, donde había una confitería
que creo más tarde fue boliche o boite y que ahora no sé
qué es. Fui un par de veces, allá por los últimos
'80. Funcionaba a partir de la tardecita. De allí se divisaba
el río marrón y el puerto, mirando hacia la derecha,
y al frente, las estaciones de tren, la terminal de ómnibus y pegada
a ésta la villa 31, la del Padre Mugica
... Saliendo del Sheraton, se puede remontar la calle Florida, que sube
la barranca de la bellísima Plaza San Martín -una misma línea
con la plaza donde está la Torre de los Ingleses y ese reloj que
estoy acostumbrada a mirar-, en cuyo pie está el memorial de nuestros
soldados caidos en Malvinas..."just a brick in the wall", decía
Pink Floyd
...
En
la cumbre de la centenariamente arbolada plaza, la estatua de San Martín
y su mítico caballo ... Allí se ofician ritos de reconocimiento
de gobiernos extranjeros a la Argentina: flores, paradas militares ...
brevemente hacia el Norte se levanta el imponente Palacio San Martín,
sede de la Cancillería argentina y la Av. Santa Fe -en su expresión
más acabada de lo que fuera la Gran Vía del Norte-. Volviendo
hacia la peatonal Florida, me deslumbro con las bellas formas parisinas
del edificio del Círculo Militar. Una cuadra más y llega
Florida con sus ahora escasas dos elegantes cuadras de negocios de venta
de ropa de cuero, sobre todo, se supone que para los turistas, sus joyerías,
sus comercios de venta de artículos tradicionales: mates, cuchillos
y otros objetos de plata, ponchos, boleadoras... Bajando nuevamente por
Florida, hacia Retiro, el tradicional y de arquitectura aristocrática
Plaza Hotel, hoy parte de la cadena americana Marriot ... Luego el Kavanagh
con su vieja y rancia historia de haber sido uno de los primeros rascacielos
porteños y, hacia Córdoba, el surgimiento de nuevos boliches,
pubs, bistrós, restoranes étnicos... Allí se reúnen
empleados, ejecutivos medios de todo ese nuevo mundo empresario, cuya sede
es Catalinas Norte. También están los pizza-café,
que se van haciendo más económicos y llenos de gente y de
apuro, a medida que uno va para Corrientes, Rivadavia ... para el Sur.
También se puede comer algo en el patio de comidas de las Galerías
Pacífico, espiando a Berni
desde algún rinconcito...
A
la noche todo cambia ... empezando por el vértigo del movimiento,
el trajinar de los peatones y la circulación de autos y colectivos
y demás ... Isabel (50 años, farmacéutica, 2 hijos,
vecina del barrio porteño de Caballito Norte) trabaja dentro de
este corazón. Sus clientes no sólo son ejecutivos, secretarias,
jubilados ... también están las chicas que ejercen la prostitución
y los travestis ... Suelen consultarla y comprarle preservativos, entre
otras cosas. En 1998, por primera vez en su vida, Isabel, estando a las
22 hs en San Martín y Paraguay -pleno Catalinas Norte- es sacudida
por una imagen: "eran un hombre y una mujer, estaban comiendo de la basura".

Vuelvo
al mundo de la estación de trenes de Retiro. De la explosión
del color entramos con Lola en el túnel del tiempo de la vieja estación
Mitre. Negro, gris. Negocios cerrados, igual que en Constitución.
Algunas mujeres, algún chico, sentados, tirados, o acostados en
el piso, que hoy debe estar frío. La sala de espera está
clausurada, tabicada con maderas pintadas de blanco, donde la telefónica
Telecom ha colgado un cartel : "Disculpe las molestias. Próximamente
Telecom abrirá su centro de llamadas nacionales e internacionales".
La vieja estación de factura inglesa con sus cúpulas vidriadas,
su herrería maciza, se está preparando para el maquillaje
... ¿vendrá Marlboro con sus kioskos o maxikioskos, como
en la estación Constitución? ¿Vendrá Mc Donald's
a ofrecer fast foods? ¿Vendrá qué consorcio a monopolizar
el servicio de confiterías, o a cobrar derecho a estar sentado esperando
la salida de un tren y no pasar frío? Esta etapa de transición
de las terminales de trenes -o quizá haya que hablar de reconversión-
con la precariedad de instalaciones y servicios -el baño de Constitución
está cerrado, por ejemplo- no ha ido en desmedro del funcionamiento
de los trenes. Es decir, los usuarios siguen pagando el precio del boleto
más allá de la calidad y equipamiento mínimos requeridos
para que un ser humano espere un tren, tome un vaso de agua o compre un
caramelo o un sándwich. Pero TBA festeja hoy con carteles y globos
sus cinco años a cargo de la Estación Mitre y sus servicios
de trenes. En aras de la modernización reconversión transición
eficiencia se dispone ahora de máquinas expendedoras de boletos
y de molinetes-controladores electrónicos de pasajes. También
TBA ha invertido en personal de seguridad y sobre todo de control de pasajes
...
Si no nos apuramos perderemos
el tren que va hacia Tigre. Mi sorpresa es grande, agradable, porque veo
que tenemos una 2da. Generación de coches. No son como los primeros,
de plástico los llamo yo, que trajeron al tiempo de haberse hecho
cargo TBA de los trenes, que tenían menos asientos, de plástico,
en buenas condiciones y que aún siguen prestando servicio. Tampoco
son como los que van a Bartolomé Mitre, o a J. L. Suárez,
los viejos y tradicionales todo roto. Este vagón en el que nos instalamos
es lindo, con ventanillas muy grandes y selladas herméticamente
- para aprovechar el aire acondicionado -; disponen de espacio para lisiados,
tachos para que no arrojemos latas a la vía -como solicitan carteles
preocupados por el viaje seguro de los pasajeros-. El viaje es cómodo,
rápido y es sumamente agradable mirar por la ventanilla: clubes
deportivos con amplias instalaciones, canchas de tenis color ladrillo,
verdes canchas de fútbol, de rugby, el hipódromo, y
allá, más adelante, el bellísimo Río de la
Plata y la Avenida Gral. Paz ... Todo un símbolo. Después
vienen los chalets de Vicente López: coquetos, amables, mucho verde
... ¡qué lindo sería tener una casita en Vicente López!
... jardín, calle arbolada, el río cerca ... Llegamos ahora
a Acassuso y finalmente a San Isidro, lugar de hermosos puertos deportivos,
la boca del delta del Paraná ...
Regresamos
luego con el Tren de la Costa hasta la terminal de Olivos, previa pasada
por el Shopping de la Estación. $2.- el pasaje de ida a la cabecera
o a cualquier estación intermedia, contra $0,70 del Mitre, como
yo le sigo diciendo porque no sé cómo se llama ahora ni sé
si se llama. Las estaciones son bellísimas: han recuperado las viejas
estructuras del tiempo de los ingleses, las han pintado, acondicionado.
Los vagones son cómodos y climatizados, sin adolecer del defecto
de las ventanillas del Mitre: acá, por lo menos, hay cortinitas
para protegerse de nuestro bellamente poderoso sol. Porque en el Mitre,
en los coches nuevos, al menos para nosotros -quizá sean de segunda
mano-, la climatización es discontinua (parece que pusieran el aire
acondicionado sólo en las estaciones) y no hay persianas ni cortinitas.
Bueno, mejor me dedico a la ventanilla, que es lo lindo: acá sí
que hay mansiones, sobre todo en las terriblemente hermosas barrancas que
se despeñan hacia el bajo del Río de la Plata.¿Quiénes
son los usuarios de este tren? Los fines de semana somos nosotros, eso
indefinible: la clase media que gusta de pasear por la ribera, ir al Mercado
de Frutos de Tigre, o que visita a alguien o va al Shopping o va a comer
por ahí ... Turistas ... gente que va al Parque de la Costa ...
En la semana sé que viajan los empleados del Parque de diversiones,
que no pagan boleto y a quienes les queda el tren en el trayecto de su
casa al Tigre, gente que trabaja en el shopping ... estudiantes de la Universidad
Saint Andrews, estudiantes del Colegio Marín ... hay menos pasajeros
en la semana ...
Me
controlan el boleto un par de veces. Son sólo dos coches verde
inglés ... Hay mucho personal de seguridad, limpieza ... No hay
ambulantes... ni tullidos…
Semana
Santa y la terminal de omnibus
Bajo
del Subte C -Constitución-Retiro- y, dejando atrás la estación
del Mitre, voy mirando los puestos ambulantes que me llevan como cinta
transportadora hacia las más humildes estaciones de ferrocarril
que fueran la del Belgrano y del San Martín. ¡Qué distintas
que son éstas a las del Mitre! Mucho más chicas y más
modestas en su construcción, como siempre lo fueron. Los negocios
acá están abiertos. No parece haber ninguna transición
en marcha. Están los nombres nuevos, los íconos de esta nueva
era privatizadora. El Belgrano va a Pilar. El San Martín, el último,
no recuerdo adónde. Hasta los trenes son distintos y veo viejas
locomotoras. Salgo en mi camino hacia la terminal y me sorprendo: las precarias
instalaciones de los vendedores callejeros que lindaban con la Terminal
ya no existen. Su territorio se detiene a las puertas de la Terminal. Sigue
mi sorpresa porque veo han construido una rampa de acceso a ella, que incluso
tiene esas cintas transportadoras de personas, que hoy no funcionan. La
última vez que vine -fines de 1998- estaban todos los negocios,
bares, confiterías, cerrados. Sólo había kioskos de
diarios. Ahora florece el comercio. Fundamentalmente bares, confiterías,
negocios de ropa, maxikioskos, forman la columna vertebral de la planta
baja. También hay locutorios y muchos teléfonos públicos.
Tengo tiempo hasta que salga mi ómnibus a Rosario. Deshago el camino
y me siento en una confitería de la entrada, que da la explanada,
a tomar mi té con leche con una medialuna. Con la mía, hay
tres mesas ocupadas. Dos chicas, enfrente de mí, están
pertrechadas con mochilas y ropa de abrigo: me digo que son turistas que
van al Sur del país. Hablan inglés. Vuelvo a la terminal,
donde contenta dejé en un locker mi bolso. Lo recogeré y
compraré algo para tomar y comer en el ómnibus, porque detesto
el horrendo café que allí se puede tomar gratis. Voy al primer
maxikiosco que encuentro. Los jugos y las gaseosas están caros:
$1,50 cuando se compran a $1,- en kioskos de afuera. Recorreré otros
a ver si encuentro más baratos. Al llegar al segundo reparo en que
las señoritas que atienden están de uniforme, con gorrita
de béisbol con un nombre de empresa o algo así, y los precios
son los mismos que en el kiosko anterior. En el último kiosko que
recorro llego a la conclusión de que se trata de una cadena de kioskos
y que hay precio fijo. Reparo casualmente en los menús de las confiterías:
son iguales a los del bar donde yo estuve. "Otra cadena, o la misma", me
digo. Compro mi jugo, mi paquete de galletitas Criollitas y me apuro porque
tengo que hablar por teléfono. Imposible entrar a un locutorio:
las colas son enormes. Pero están los públicos y allí
voy, no hay cola. Por suerte hay muchos y yo cuento con cambio suficiente:
el primero me tragó las monedas y tuve que pagarle doble a Telecom
para comunicarme.

Ahora funciona el cartel
electrónico. Es increíble cómo se han multiplicado
las compañías de ómnibus, ante la desactivación
de la mayor parte de la circulación ferroviaria hacia el interior
del país. "Norte, Sur, Oeste" indican los colores de los carteles
que orientan para dirigirse a las boleterías que quedan todas en
la planta alta. Ómnibus nacionales e internacionales. El amplio
espacio que funciona como sala de espera, sigue con los mismos asientos
de siempre, según parece. Los altavoces indican partidas y llegadas
y número de andén. Afuera esperan los ómnibus. Un
empleado de Chevallier anuncia, megáfono en mano, destino y salida
de los micros de la línea. "Rosario 18:45", allá voy.
Las
fronteras invisiblesvisibles
Viernes.
Ocho de la noche. Mes de marzo de 2000. Calle Corrientes al 1700, pleno
centro tradicional de Buenos Aires. Tres adolescentes varones, aspecto
cabecita, seleccionando y juntando apresuradamente basura. Se trata principalmente
de papeles, cajas, evidentemente tirados por alguna oficina. Trabajan rápido
pero con calma: está el camión, medio desvencijado,
cargando.
Un
viernes también. Misma hora. Microcentro histórico. Calle
Moreno casi Bolívar, a pocas cuadras de la Casa de gobierno. Es
invierno del '99. Tres personas. Una mujer de unos 18 años, un niño
y una chica de unos 12. Puerta de restorán. Tacho de basura de esos
grandes de plástico verde que dejan las compañías
basureras. Allí los tres juntan, de entre los desperdicios, pedazos
de pollo: guardan y comen.
Cramer
y Virrey del Pino (zona de elegante clase media alta de Belgrano). Gente
de 40 años, remangados. Abren el enorme tacho verde de residuos
y revuelven la basura. Impresiona el olor hediondo.
"A Puente La
Noria -frontera sudoeste del conurbano- volvieron los carros tirados por
caballos, ahora muy flacos. Es un enjambre de chicos rotosos, basura, cirujas
. Hacía tiempo que no pasaba por ahí y me impresioné
terriblemente" (Graciela,
51 años aproximadamente, psicoanalista, vecina de Vicente López,
Conurbano Norte Bonaerense).
¿Quién no lo sabe?
Al
trabajo no voy
Isabel
P. (46 años, estudios universitarios incompletos, separada, 2 hijos,
vecina de Núñez). Tras dos despidos, consiguió
trabajo de telemarketer para Telefónica de Argentina. 40 horas de
trabajo por semana. Está buscando otro empleo más para pagar
sus gastos: lo que gana no cubre los $400.- que gasta en vivienda
y expensas; también busca un departamento más barato, pero
está anclada, porque no tiene plata para el depósito que
exigen para comenzar a alquilar. Pero ahora está más
tranquila: se acabó el peregrinaje y el gastadero de plata y el
engaño de muchos anuncios laborales y la terrible presión
que implica buscar empleo, sobre todo a los 46. Ahora trabaja en blanco,
tiene obra social, pensión por sus hijos. Isabel, en los 2 ó
3 meses que duró su desempleo cosió mucha ropa para un proveedor
de accesorios de modistos importantes.... No había ningún
contrato formal, por supuesto. Todavía le deben $60.- Desde que
llegó de Brasil, adonde se fue allá por el '77, tuvo un período
de larga estabilidad laboral, de más de 2 años, trabajando
en el Parque de la Costa operando juegos de diversiones. A pesar de que
trabajaba cerca de 12 horas diarias, con un franco y medio rotativo por
semana, sin cobrar horas extras ni pago adicional por horas nocturnas,
estaba conforme en el sentido de que, aunque muy ajustadamente, solventaba
sus gastos personales y algo sacaba para los chicos. Tras su despido "por
reducción de personal", empezó el peregrinaje. También
hizo tareas domésticas en una casa de familia, y a veces, como ella
dice "basureaba"
para armar su casa ...
Gonzalo
(34 años, separado, un hijo) vive en Recoleta, en la casa materna.
Estudiante inconcluso de contador público, letras y filosofía;
desde que su madre cerró un local de comidas -donde trabajaba como
facturista, mozo, preparador de sándwiches, lavaplatos ...- busca
trabajo. Aviso en el diario Clarín: "se necesita mozo. Dirigirse
a zona de 1ra. Junta". Cola. Les reparten formularios donde se les indica
marquen de una a tres opciones de empleo para los que se postulan. Va entrando
la gente a una oficina. Es el turno de Gonzalo. Se le indica que esa oficina
funciona como banco de datos con el cual están conectadas cientos
de empresas que seleccionan personal de las listas que ellos presentan.
Por cada postulación que el solicitante hace, debe pagar $7.- a
esta supuesta empresa de colocación. Gonzalo no tiene los
7 pesos. El dinero lo gastó en el diario y el pasaje.
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